Transexualidad y feminismo: una relación incómoda


 

Cuando fui invitada a este congreso (cosa que agradezco mucho a la Fundación Isonomía que ya me ha invitado varias veces) y me planteé sobre qué podía hablar decidí hacerlo sobre la transexualidad y sus relaciones con el feminismo. 

La transexualidad para mí era, al principio, una cuestión teórica que suponía un desafío y un estímulo intelectual y político. Mientras estuve en el movimiento feminista la transexualidad era algo lejano, algo con lo que no teníamos nada que ver y,  si acaso, existía una cierta hostilidad contra las mujeres trans.  Esta hostilidad no ha desaparecido y suele manifestarse en forma de silencio e invisibilización, además de la no consideración de que las mujeres transexuales son mujeres, pero también tiene picos de abierta hostilidad. En todo caso, la verdad es que mientras milité en el Movimiento Feminista no conocí a ninguna persona transexual y no aprendí nada acerca de la transexualidad. Al llegar al Movimiento LGTB no sólo conocí a personas transexuales que han sido durante muchos años compañeras de militancia y de lucha, sino que puedo decir que hoy algunas de estas personas se han convertido en amigas muy cercanas y queridas.  Como teórica en realidad puedo acercarme a cualquier asunto y reflexionar sobre ello pero como activista disciplinada no me quedaría tranquila si no hiciera una breve justificación de esta ponencia. Como mujer y lesbiana siempre he exigido que nadie hable por nosotras; como activista he sabido que para cualquier minoría oprimida entre otras cosas por discursos ajenos, un primer paso importante hacia la emancipación es hacer callar a los expertos y tomar la palabra,  que seamos las/los protagonistas de las exclusiones las/los que construyamos nuestros propios marcos teóricos y discursivos. Apropiarse del discurso es un paso imprescindible en los procesos de liberación. Por tanto, los discursos sobre la transexualidad corresponde hacerlos principalmente a las personas transexuales.

Pero no estoy hablando aquí como activista LGTB, ni voy a hablar de la transexualidad como algo ajeno, sino como algo que tengo la convicción de que merece una mayor reflexión de la que se le ha concedido desde la teoría feminista. El hecho de que las personas transexuales sean pocas y  tengan además muy poco poder (en todos los sentidos),  que incluso hayan vivido, y continúen haciéndolo, en la marginalidad social, ha invisibilizado su presencia y su palabra. Eso y cierta tendencia que es fácilmente observable en una parte del feminismo, aquel que tiene una mayor presencia institucional, de no querer atender a los discursos nacidos en su seno pero  que han terminado en sus márgenes.

En todo caso, cualquier aproximación a la transexualidad, especialmente si es una aproximación política, tiene que comenzar dejando muy claro que independientemente de los análisis teóricos que puedan hacerse de esta realidad lo primero es entender que las demandas de las personas transexuales, sus reivindicaciones, son en todo caso justas, y que previo a cualquier posicionamiento teórico y más aun si es hecho desde fuera, es importante solidarizarse con sus vidas, sus necesidades y sus reivindicaciones. Es necesario insistir en que las personas transexuales son tratadas de manera manifiestamente injusta y sometidas a permanentes violaciones de sus derechos más básicos. No puede llamarse feminismo a una lucha que no empatice y se solidarice con las vidas vulnerables y que no una su voz en la petición de reparación de otras injusticias.

Dicho esto, insisto en que el feminismo radical español no ha reflexionado mucho sobre la transexualidad, ni ha hecho un acercamiento político. Esta omisión es un error porque la existencia de la transexualidad es una interpelación directa a algunas cuestiones fundamentales relacionadas con la identidad, con el cuerpo, con la naturalidad del género, con el el vínculo entre  sexo  y género e identidad…Asuntos todos ellos centrales, seminales casi, para el feminismo. Afortunadamente, podemos observar que en los últimos años se ha comenzado a producir por parte de algunas jóvenes investigadoras un acercamiento que espero que sea sólo el comienzo. Ejemplo de este acercamiento son las tesis de Esther Núñez o Beatriz Cavia Pardo.

Central desde siempre es para el feminismo la cuestión de la diferenciación entre sexo y género. El feminismo aspiraría a la desaparición de las categorías de género, entendido este como subordinación. Y de alguna manera, las feministas creemos que con el tiempo hemos ido desgastando estas categorías, antes muy rígidas, ahora más flexibles. Y a pesar de lo que queda por hacer solemos pensar que –al menos en una parte del mundo- las vidas cotidianas de mujeres y hombres se han ido acercando en lo social y también en lo psicológico, en lo subjetivo.   Se ha avanzado tanto y en poco tiempo que a veces tenemos la impresión de que es cuestión de tiempo que el binarismo de género o se disuelva o se haga mucho más flexible hasta el punto de que acabe por desdibujarse. De hecho, si un hombre (o una mujer) de siglos pasados apareciera de repente en una gran ciudad contemporánea, es muy posible que no siempre pudiera distinguir a simple vista a hombres de mujeres. Sabemos, no obstante, que esa flexibilidad en algunos aspectos no implica sin embargo que la desigualdad sexual se haya erradicado. Pero asumamos que es cierto que los roles de género han cambiado y se han flexibilizado.

Uniendo esto con la existencia de la transexualidad ocurre que a pesar de todo lo dicho y en un sentido muy general podríamos llegar a pensar que la existencia de ésta, como dice Esther Núñez en su tesis doctoral, nos demuestra que las diferencias psicológicas entre ser hombre y mujer serían más importantes de lo que nos parecerían en este momento. La transexualidad nos da la medida de hasta qué punto subsisten en nuestro sistema social distinciones psicológicas y subjetivas muy importantes entre hombres y mujeres; diferencias que nosotras, personas no transexuales y en principio conformes con nuestros cuerpos y subjetividades marcadas de mujeres o de hombres, podríamos llegar a minimizar.  Núñez dice que la transexualidad “supone la oportunidad para hacer aflorar las normas de género en una modernidad que parece negar la presencia de una política de género”.  La transexualidad nos dice que esas diferencias están ahí, muy vivas aun.

Tanta diferencia ven estas personas entre ser una cosa y ser la otra que están dispuestas a iniciar un proceso complicado, difícil, caro y muy costoso personalmente… al final del cual, en todo caso, recibirán un importante estigma social que les dificultará la vida, el trabajo y las relaciones familiares y personales. Tan importante es para ellas/ellos que se reconozca que son hombres o mujeres que se habrán echado sobre sí uno de los estigmas sociales más gravosos que existen, y aun así afrontarán todas las dificultades sin dudarlo, y todo con tal de ser nombradas y reconocidas como mujeres u hombres. Por ejemplo, en el caso de las personas que transitan de hombre a mujer, perderán gustosamente todos los privilegios que la condición masculina lleva aparejados en esta sociedad y todavía más en otras (como en el caso de países en donde las diferencias de género están aun más marcadas): derechos de ciudadanía, derechos humanos, laborales… a cambio de poder ser nombradas como mujeres. Personas que como hombres disfrutarían de la totalidad de sus derechos no sólo renunciarían a ellos sino que como mujeres transexuales estarán dispuestas a afrontar no sólo un terrible estigma social sino que se verán abocadas, por ejemplo, a la prostitución, como sabemos que es el caso de muchas mujeres transexuales. Entonces, tenemos que convenir que tiene que haber algo en ese ser subjetivo de ser hombre o mujer que a lo mejor no percibimos o a lo cual no le damos la importancia que tiene. Porque sabemos que subsisten diferencias de poder, económicas, sociales…entre hombres y mujeres y esas diferencias podríamos explicarlas y definirlas. Pero más allá de eso yo misma no sabría definir un ser ontológico  propio de la masculinidad o de la feminidad. ¿Qué es ser mujer más allá de esas diferencias ?  No me resultaría fácil responder a esa pregunta. Y sin embargo, las personas transexuales si parecen saber en qué consiste esa diferencia.  Y esto supone un problema para el feminismo ¿Cómo analizarlo?

A lo largo del tiempo se han hecho fundamentalmente dos clases de análisis sobre esta cuestión. El primero estaría de acuerdo con los postulados básicos del feminismo, no así el segundo.  Casi toda la literatura de los 90 se inclina por pensar que la transexualidad suponía una “transgresión radical del género” en la medida en que rompe absolutamente con la relación establecida entre sexo y género. Rompe también, en todo caso,  con la inevitabilidad del género en cuanto producto de una socialización determinada. Esta ruptura nos demuestra que lo que hemos llamado socialización en el género no es tan importante como creíamos, o no siempre tiene los resultados esperados. Este aprendizaje no es por tanto de resultados siempre ciertos. Hay personas a las que parece no hacerles ningún efecto.  Personas que nacen biologicamente de un sexo, que son percibidas como inequívocamente pertenecientes a ese sexo, socializadas como tales, tratadas como tales, desarrollan sin embargo una identidad persistente  contraria a dicha socialización. La transexualidad demuestra así que la supuesta coherencia inevitable entre sexo biológico e identidad de género no es tal y demuestra al mismo tiempo que  no tiene por que darse necesariamente esa concordancia entre el cuerpo y la identidad. Sin embargo, la realidad de esta ruptura no es objeto de apenas consideración por el feminismo no queer.  Es muy importante señalar, y esto todavía se contempla menos, que la transexualidad también rompe de manera muy evidente con la supuesta coherencia y naturalidad de las categorías sexo, identidad, orientación sexual, y prácticas sexuales. La importancia teórica de estas rupturas no ha sido siempre tampoco considerada.

Respecto a la orientación sexual es sabido que muchas mujeres transexuales son lesbianas, de hecho en un número que parece mayor que el que se da entre las mujeres no transexuales, aunque hablar de cifras es siempre complicado ya que, en todo caso, no se sabe qué número hay de lesbianas. Esto, que es una evidencia para las personas que conocemos a un gran número de personas transexuales siempre suele generar estupor en personas alejadas de la transexualidad y que no se han parado a reflexionar sobre este asunto. Por mi parte, ese estupor siempre me genera sorpresa cuando se trata de una persona que han reflexionado, leído, pensado, sobre sexo, género y orientación sexual porque demuestra lo profundas que son algunas ideas que se mantienen de manera inconsciente. ¿Por qué sigue generando sorpresa que alguien que era un hombre, transite hacia ser una mujer y desde ahí se defina como lesbiana? Creí que cualquier feminista sabía a estas alturas que sexo, orientación sexual e identidad de género son cosas distintas que pueden combinarse de varias maneras en una persona. ¿O no lo teníamos tan claro? Lo que dicha sorpresa demuestra es que aun no se ha roto la suposición, en muchos casos inconsciente, de que existe un vínculo natural, una coherencia, entre sexo, género, orientación sexual,  identidad de género y prácticas sexuales . Todas esas categorías funcionan independientemente unas de otras y dependen cada una, a su vez, de una multiplicidad de factores que no son fáciles de aislar. La suposición de que si una persona se siente sexualmente atraída por las mujeres, debe ser desde un cuerpo masculino es claramente, como demuestra la existencia de las lesbianas, errónea. No existe equivalencia ni coherencia entre ser mujer/hombre y el objeto de deseo. Una mujer transexual se piensa mujer,  desea a mujeres desde su identidad femenina y quiere ser deseada por las mujeres como mujer; exactamente igual que yo.

En todo caso, siguiendo con el análisis que considera que la transexualidad supone una transgresión radical del género, las personas transexuales serían personas disconformes con el dimorfismo sexual y de género y personas, por tanto,  disidentes de ese dimorfismo.  En este sentido en el que desestabilizaba esa coherencia y esa falsa naturalización que, además, son una de las bases teóricas del patriarcado, la transexualidad tiene que ser considerada como acorde con los análisis feministas.  Pero,  a partir de esta consideración y a partir del mayor conocimiento, así como del acceso a la palabra de más y más personas transexuales, este análisis comienza a complicarse. Si retrocedemos un poco en el tiempo hasta los orígenes de la transexualidad como identidad  diferenciada, veremos que se forma como tal a finales del siglo XIX y que a mediados del XX comienza a configurarse como identidad política. Cuando esto ocurre, se produce una lucha de poder, como pasa siempre que la norma es desafiada por cualquier desviación. En esta lucha entre la norma y las desviaciones emergentes de la misma, se produce por lo general, como nos enseñó Edwin Shur, un compromiso final en el que la norma cede algún espacio a cambio de que la desviación termine ofreciendo una cara más aceptable o más “normalizada”. Siempre se produce un compromiso entre la fuerza emergente y la establecida. En este proceso se terminaron imponiendo determinadas definiciones de la transexualidad que resultan problemáticas para el feminismo.

Es cierto que la transexualidad rompe y desnaturaliza la relación entre sexo y género pero lo hace a costa de esencializar la conciencia, la subjetividad, es decir, el género; a cambio, en definitica de biologizar el género. Y eso evidentemente es muy problemático para el feminismo. Tradicionalmente se solía entender (simplificando desde luego aspectos muy complejos)  que de la ecuación entre sexo y género lo que era más inamovible era el cuerpo;de repente, muchos discursos sobre la transexualidad parecen desafíar esa creencia manteniendo en algunos discursos, y sobre todo en el discurso público menos elaborado que lo verdaderamente fijo es el género. Este discurso trabaja a menudo con un concepto de identidad de género esencial, previo al sexo (biologizado, en realidad)

Teniendo como horizonte ese discurso, algunos teóricos o estudiosos de la transexualidad, como Billings y Urban,  entienden desde ahí que lejos de transegredir el género, la poltíca transexual y su gestión reafirman los tradicionales roles de género.  De repente, nos encontramos con personas que reivindican el derecho a la propia identidad de género no porque quieran cambiar su cuerpo (no todas quieren hacerlo) sino porque aseguran que más allá de lo que digan sus cuerpos, esa identidad que reivindican es lo que son; por eso afirman que, en realidad no cambian de sexo, sino que lo reasignan, lo adecúan a lo que siempre ha sido su verdadero yo, una subjetividad determinada por el género, un yo masculino o femenino.  Entonces, la pregunta que nos tenemos que hacer es la siguiente ¿Existe la subjetividad, la conciencia, generizada? ¿Dónde reside el verdadero género? Y aun podemos hacer una pregunta aun más comprometida: ¿Hay entonces una esencia, un “alma”, de mujer o de hombre?

Ante la existencia de la transexualidad lo que queda claro es que más que nunca es cierto que la anatomía no es un destino, pero no porque nos hayamos liberado de los destinos impuestos, sino porque, de repente, lo que sí parece ser un destino es el género. Judit Butler dice que hemos pasado de la anatomía es el destino a el género es el destino Volviendo al principio ahora tendríamos que decir que el análisis de la transexualidad requiere aceptar que siguen existiendo ya no hombres y mujeres sino normas de género, diferencias de género y una estructura política de género que sigue muy viva. Por tanto, que el género sigue siendo fundamental en la estructuración subjetiva de las personas. Digamos que el sistema heteropatriarcal ha renunciado (de una manera no muy publicitada, es cierto) a que sea el cuerpo el que defina el género y eso es una avance, pero es también una nueva barrera y, como digo, muy problemática para el feminismo.

Volviendo de nuevo a Esther Núñez, diríamos que el sistema de sexo-género es un sistema político asentado sobre la suposición de que hombre y mujer son categorías que a su vez comparten cinco características:

– Son categorías cerradas  (asumir algunas características de género supone asumirlas todas)

– excluyentes (o lo uno o lo otro)

– no electivas (no se elige, es asignado al nacer),

– permanentes ( cambiar de género es impensable)

–  inmanentes (el género forma parte del nucleo duro de la personalidad)

Si antes estas categorías se referían, todas ellas, al cuerpo, ahora todas ellas han pasado a hacer referencia al género. Y las feministas nos preguntamos ¿cómo desestabilizamos la categoría de género cuando nos referimos a personas trans? Algunos teóricos (como Millot 97) afirman que  no debemos ver la transexualidad  como el problema, sino como la solución al conflicto y que lo que hay que hacer es visibilizar lo que subyace debajo de ese conflicto que no es otra cosa que una estructura de género que, en la realidad, no es tan cerrada, ni tan permanente, ni tan inmanente…sería como decir que algunas personas designadas como niñas, no se hacen mujeres, y algunas personas designadas como varones no se hacen hombres sin que eso quiera decir automáticamente que se hacen del otro sexo. El problema es que el sistema penaliza muy duramente a quien no encaje en la categoría binaria ya sea de sexo o de género.Dicha penalización incluye la imposibilidad de vivir si tu identidad no coincide con lo que se espera de tí. El problema, pues, no serían las personas trans sino el sistema.  Podríamos pensar que puede ocurrir que haya personas que no se sientan cómodas con su asignación de género -y con sus cuerpos en algunos casos- pero que el sistema binario de dos géneros obliga a escoger. Podríamos llegar a pensar que si existieran más posibilidades algunas personas, quizá cada vez más, se nombrarían de otras maneras, como hombres muy femeninos, como mujeres muy masculinas o como ninguna de las cosas.

En este punto es necesario retroceder a comienzos del siglo XX cuando se construye la identidad transexual y recordar que en la construcción de esa identidad tuvo mucho que ver la clase médica. Sin que diera tiempo a que las mismas personas transexuales gestionaran el modelo que se estaba creando, apareció ya el modelo medicalizado de la transexualidad. El objetivo de la medicina y la psiquiatria, instancias de orden al fin y al cabo, al crear este modelo no era otro que el de procurar mantener a toda costa la coherencia interna del modelo de sexo/género.

Esta misma operación se realizó con la homosexualidad y con la intención, en este caso, de mantener la coherencia entre sexo/género y deseo. Recordemos que en los primeros modelos sobre la homosexualidad dicha coherencia se mantenía a costa de definir a las lesbianas como hombres en cuerpos de mujer y a los gays como mujeres en cuerpos masculinos; los propios activistas asumieron en un principio este modelo, siempre más “desculpabilizador” y con el que resultaba más fácil trabajar y plantear reivindicaciones. Esos cuerpos cambiados era lo único que podía explicar lo que entonces se llamó “impulso sexual contrario”. En definitiva,  esta idea del cuerpo equivocado es muy funcional: produce cuerpos correctos, normativos, genericamente normales, no importa en realidad, lo que haya que torcerlos.

En ese primer momento pues, como en el primer momento medicalizado de la homosexualidad, la subjetividad y la identidad transexual se construyeron desde la medicina y la psiquiatria con el objetivo de mantener el control social sobre el sistema de género. Fueron los médicos los que colaboraron decisivamente a que las personas trans – todas- desearan a toda costa un cuerpo que reflejara su género sentido de manera que las marcas de género se inscribieran en el cuerpo, disciplinándolo, tal como sugiere el concepto de biopoder de Foucalut. Y a todo esto habría que sumar, además, todo el mercado de las tecnologías del cuerpo, un mercado que mueve mucho dinero y que refleja la reificación y mercantilización del cuerpo emprendida por el último capitalismo y que ha encontrado en el cuerpo transexual o no un campo sobre el que extender su panoplia.

Este modelo al que hacemos referencia es aquel que presupone un proyecto existencial predeterminado y en el que la definición sobre el género es necesaria: es un modelo claramente normalizador.Es el modelo resultante del proceso de lucha de poder entre la la norma y la disidencia, tras la cual se acepta finalmente que ciertas personas cambien su posición en la estructura de género pero se las exige que se reubiquen claramente en otra posición a fin de que la estructura se mantenga intacta. Cambiar para que nada cambie.

Políticamente, para cualquier minoría o grupo social, el proceso de contrucción identitario y político, es un proceso de doble vínculo: las identidades fijas y diferenciadas se construyen con el objetivo de contenar al diversidad dentro de ciertos límites normativos pero, al mismo tiempo la construcción de subjetividades a partir de las identidades políticas diferenciadas es  necesaria para oponerse a la opresión de la normatividad y alcanzar cierto nivel de supervivencia. La desviación hace la norma de la misma manera que la norma hace la desviación. Que una parte de la población se defina como transexual sirve al resto para mantener su seguridad en su condición genérica, que una parte de la población se defina como homosexual sirve para que los demás se definan como heterosexuales. Pero, al mismo tiempo, es necesario fortalecer las identidades homosexuales y transexuales para sobrevivir en una sociedad heteronormativa.

En todas las culturas conocidas existen personas que no se identifican con el género asignado pero vemos también que dichas expresiones son más rígidas y tienden a ser exclusivamente binarias en aquellas en las que se ha desarrollado un movimiento política transexual. La construcción de un movimiento político minimamente empoderado suele significar, de manera paradógica pero inevitable, la homogeneización de los discursos múltiples o atomizados; la simplificación también. Es lógico que llegado el momento de reivindicar cuestiones concretas y de luchar por su inclusión en las agendas políticos, se simplifiquen los discursos para hacerlos más comprensibles, así como que busquen presentar su cara más asumble. En este sentido, a la hora de trabajar en las reivinidaciones trans, el movimiento político transexual en Europa intenta homogeinezarse en pos de presentar una facera unitaria. En muchas otras culturas, cuando las personas transexuales permanecen en los márgenes más absolutos las identidades se presentan más heterogeneas.

Es allí donde podemos observar más claramente que las identidades incluso las subjetividades nunca se ajustan perfectamente a los modelos que se ofrecen como posibles. En el caso de las personas transexuales esto se hace evidente escuchando sus sus historias de vida y comprobando que hay muchas personas cuyas identidades se escapan de cualquier intento normativo. Hay personas que siempre se sintieron del otro género, hay quien siente un enorme malestar con el género asignado y vive mejor con el otro pero que quizá buscaría un punto intermedio de tener esa posibilidad, hay quien ha cambiado de género a lo largo de su trayectoria vital varias veces; que hay quien ha sentido la llamada del otro género muy tarde en su vida, y quien la siente muy pronto.  Como dijo Simmel: “Hay demasiadas categorías (formas de expresión sexual) y demasiados pocos sexos para explicar la inmensa variedad de la experiencia humana” (Herdt, 1994)

Quizá lo que existe en esas personas sea un malestar existencial que no encuentra más salida que la que el sistema le deja, es decir, escoger entre aceptar su asignación de género o designarse como transexual, es decir, del otro género. Mackenzie (1994) dice, en ese mismo sentido, que este malestar por sentir que se ha nacido con un cuerpo erroneo, quizá no sea así, sino que se trate más bien de un malestar por haber nacido en una sociedad/cultura erronea.  Podríamos pensar que que el dimorfismo radical dos géneros, dos sexos tiene como objetivo borrar la realidad de la diversidad y de un continuo genérico que recogería mejor las necesidades vitales de los seres humanos. Si admitimos de base este continuo estaremos hablando de personas que no pueden aceptar el dimorfismo radical y que se salen de los espacios impuestos a lo que la sociedad responde obligándolas a meterse en otros espacios cerrados. En realidad, en palabras de Nieto, el transexual no rechaza sus genitales, sino los “genitales culturales” y renuncia a la asociación del género con los genitales, prefiriendo verse enmarcado en un continuo de masculinidad/femineidad. La  imposibilidad de pensar en la existencia de mujeres con pene o personas que sean mujeres por un tiempo y que sean hombres por otro, o que quieran ser deseados como hombres, pero parecer mujeres, o no sean capaces de definirse…demuestra también hasta qué punto el binarismo de género modela el pensamiento incluso de aquellas que querríamos acabar con él. Alice Schwarzer dice que una de las características de este sistema es que se nos prescribe ser inequícocamente hombre y mujer (desde el punto de vista del género). No hay mediación de la diferencia sexual porque el patriarcado ha prescrito que no debe haberla (Schwarzer 1979).

El modelo existente para la transexualidad guarda importantes similitudes con el modelo de la homosexualidad actual. Partiendo de aquel modelo medicalizado de comienzos del siglo XX define la transexualidad como consecuencia de particularidades biológicas que se buscan sin fin y nunca se encuentran (como en el caso de la homosexualidad) y no permite que se entienda en ningún caso como acto de resistencia a la norma. Por eso la creación de una posición identitaria especifica transexual además de ayudar a que nada se mueva en el sistema de géneros, también sirve para desviar la atención de la dimensión política de la conflictividad y de la opresión de las normas de género. Aleja así la voluntad personal del ámbito de la política sexual, como mantengo que se ha hecho con respecto a la homosexualidad. (Gimeno 2005)

El objetivo político desde el feminismo, desde otra política sexual, para la cuestión de las identidades sexuales tendría que ser ayudar a  (re)construir la posibilidad de  un continuo de generos,  de roles, de deseos, de todas las intersecciones posibles. Para cualquier teoría social progresista el objetivo tendría que ser “huir siempre de la explicación más simple, aceptar lo inacabado, ser conscientes de la falta de control y de la estabilidad de los cuerpos, de las subjetividades y los deseos (Nieto 1998)  La ley española sobre reasignación de género es una ley  que  sigue imponiendo las cinco características antes mencionadas acerca del género.  Para empezar se exige el diagnóstico de un psiquiatra que es el encargado de legitimar que la transexualidad va a ser permanente. La pregunta que se le tiene que plantear a cualquier persona progresista es:  ¿y si no lo fuera?.   En segundo lugar es necesario el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios.  ¿Por qué razón? ¿Por qué se exige a las personas transexuales, por ejemplo, que acaben con el bello de su cuerpo y esta exigencia no existe, en cambio, para las mujeres belludas? En tercer lugar se exige un cambio de rol social, ¿Eso que significa? Mucha gente querría la desaparición de los roles sociales. Y por último, la ley española permite cambiar de nombre, pero prohibe poner nombres que induzcan a error en relación al sexo. La pregunta vuelve a ser ¿Por qué? ¿Por qué ese miedo a la confusión de roles, generos, deseos?

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IV Congreso Isonomía. Universidad Jaume I. Castellón. Verano 2007

BILLINGS, D.B. y URBAN, T (1998): “La construcción socio-médica de la transexualidad: interpretación y crítica” dentro de NIETO (1998:91-116)

CAVIA PARDO, B Tesis: La producción social del género desde la in-corporación del otro. Artefactos desestabilizadores de la identidad transexual. Dirs: Alfonso Pérez-Agote y Ángel Gordo. Fecha de lectura prevista: último trimestre de 2006.

GIMENO,B, (2005) La liberación de una generación. Historia y análisis político del lesbianismo, Barcelona, Gedisa.

HERDT,G. (Ed.) (1981) Third Sex, Third Gender, . Zone Books

MACKENZIE, G.O (1994), Transgender Nation, Bowling Green State University, Popular Press

NIETO, J.A (comp.) (1998): Transexualidad, transgenerismo y cultura. Antropología, identidad y género, Madrid, Talasa

NÚÑEZ, E.. 2003. “La transexualidad en el sistema de géneros contemporáneo: del problema de género a la solución de mercado”, en Raquel Osborne y Oscar Guasch, coords., Sociología de la sexualidad, Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas, Col. Monografías, nº 195.

OSBORNE, R (2006): “Entre el rosa y el violeta (Lesbianismo, feminismo y movimiento gay: relato de unos amores difíciles)” www.felgt.org/temas/cultura

SCHUR, E. M (1980).  The Politics of Deviance. (Stigma contests and the uses of power), Englewood Cliffs, N.Y.; Prentice Hall cit. en Osborne, 2006.

STERLING, A.F. (2000): Sexing the Body. Gender Politics and the construction of Sexuality, Nueva York, Basic Books

SCHWARZER,A, (1979), Barcelona, LaSal. Cit. en AMORÓS, C. (2007) La gran diferencia y sus pequeñas consecuencias para la lucha de las mujeres. Valencia, Cátedra

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