Transexualidad y feminismo: una relación incómoda


Cuando fui invitada a este congreso (cosa que agradezco mucho a la Fundación Isonomía que ya me ha invitado varias veces) y me planteé sobre qué escribir me encontré con que últimamente, tanto gracias a mi actividad académica como a mi activismo, he comenzado a relacionarme con otros discursos, con otras identidades incluso que creo que es necesario que comencemos a incoporar a nuestro discurso feminista. Por una parte, en el curso de mi actividad académica, he comenzado a viajar  muy a menudo a Latinomérica. Allí he aprendido que las cosas no son como las percibimos desde aquí, por ejemplo las identidades de género, es decir, la transexualidad tiene allí un significado muy diferente del que aquí conocemos. Si aquí muchas personas transexuales se plantean someterse a un proceso de reasignación sexual, esto ocurre mucho menos frecuentemente allí, quizá simplemente porque no existe esa posibilidad. Pero es cierto que por lo que sea en latinoamérica las  identidades son mucho más variadas, distintas, fluidas, cambiantes, lo que ha llamado desde el principio mi atención. Por otra parte, ultimamente estoy también en contacto con feministas de otros países que están trabajando o planteándose la necesidad de que la mención de sexo desaparezca de los documentos oficiales, como ya ha desaparecido, por ejemplo, la mención al estado civil.

Para justificar esta última propuesta, o  para reflexionar sobre ella al menos, mi ponencia va a versar sobre la transexualidad. La transexualidad para mí no es una mera cuestión teórica, puesto que he sido presidenta  de la FELGTB, donde la T es de transexuales.  Los discursos y las vivencias transexuales, las prácticas de la transexualidad siempre han tenido mucha importancia para mí en el sentido de que han supuesto un desafío y un estímulo intelectual, así como  un desafío político y teórico. Además, conocer a personas transexuales también ha sido importante personalmente. Mientras estuve en el movimiento feminista la transexualidad era algo lejano, algo con lo que no teníamos nada que ver, si acaso lo cierto es que entonces existía cierta hostilidad contra las mujeres transexuales. Esta hostilidad no ha desaparecido y si bien suele manifestarse en forma de silencio e invisibilización, además de la no consideración de que las mujeres transexuales son mujeres, en algunas partes del mundo, como en Latinoamérica, la hostilidad por parte del Movimiento Feminista es muy acusada. No está de más recordar o llamar la atención sobre los problemas que se generan cada vez que se celebra un encuentro o reunión feminista en aquel contienente y su pretensión de que las mujeres transexuales no puedan participar en los mismos.

En todo caso, la verdad es que mientras milité en el Movimiento Feminista no conocí a ninguna persona transexual y no aprendí nada acerca de la transexualidad. Al llegar al Movimiento LGTB no sólo conocí a personas transexuales que han sido durante muchos años compañeros/as de militancia y de lucha, sino que puedo decir que hoy algunas de estas personas se han convertido en amigas muy cercanas y queridas.  Como escritora o teórica en realidad puedo acercarme a cualquier asunto y reflexionar sobre ello, como activista muy disciplinada no me quedaría tranquila si no hiciera una breve justificación de esta ponencia. Como mujer y lesbiana siempre he exigido que nadie hable por nosotras, como activista he sabido que para cualquier minoría oprimida en parte por discursos ajenos, un paso muy importante en la liberación es hacer callar a los expertos y que seamos las/los protagonistas de las exclusiones las/los que construyamos nuestros propios marcos teóricos y discursivos. Apropiarse de los discursos es un paso imprescindible en los procesos de liberación. Por tanto, los discursos sobre la transexualidad corresponde hacerlos principalmente a las personas transexuales.

Pero no estoy hablando aquí como activista de la FELGTB, ni voy a hablar de la transexualidad como algo ajeno, sino como algo que tengo la convicción de que merece una mayor reflexión de la que se le ha concedido desde la teoría feminista. El hecho de que las personas transexuales sean pocas y  tengan además muy poco poder (en todos los sentidos),  que incluso hayan vivido, y continúen haciéndolo, en cierta marginalidad social, ha invisibilizado su presencia y sus discursos. Eso y cierta tendencia que es facilmente observable en una parte del feminismo, posiblemente aquel que tiene una mayor capacidad y presencia institucional, de  no querer atender a los discursos nacidos en su seno pero  quehan terminado en sus márgenes; discursos que en un momento dado podían enturbiar su camino hacia su reconocimiento institucional: los discursos radicales de la transexualidad o del lesbianismo político, así como otros discursos sobre prácticas sexuales no normativas, por ejemplo. Es penoso comprobar  hasta qué punto el feminismo institucional ha abandonado cualquier reflexión sobre la sexualidad, pero ese es otro asunto y emplazo a las responsables de Isonomía a abordar este tema en futuros congresos.

Cualquier aproximación a la transexualidad, especialmente si es una aproximación política tiene que comenzar dejando muy claro que, independientemente de los análisis teóricos que puedan hacerse de esta realidad, como de cualquier otra, hay que comenzar por dejar muy claro que cualquier persona progresista tiene que saber que las demandas de las personas transexuales, sus reivindicaciones, son en todo caso justas y que previo a cualquier posicionamiento teórico y más aun si es hecho desde fuera, es importante solidarizarse con sus vidas, sus necesidades y sus reivindicaciones. Es necesario insistir en que las personas transexuales son tratadas de manera manifiestamente injusta y sometidas en muchas ocasiones a la conculcación de sus derechos más básicos. Apoyo total, pues, a sus reivindicaciones.

Dicho esto, insisto en que el feminismo español no ha reflexionado mucho (practicamente nada) sobre la tranmsexualidad, como tampoco ha reflexionado mucho (aunque un poco más) sobre el lesbianismo, sobre las consecuencias políticas de la transexualidad o del lesbianismo. Esta omisión es un error porque la existencia de la transexualidad es una interpelación directa a algunas cuestiones fundamentales relacionadas con la identidad, con el cuerpo, con la naturalidad del género, con el el vínculo entre  sexo  y género e identidad…Asuntos todos ellos centrales, seminales casi, para el feminismo. Afortunadamente, podemos observar que en los últimos años se ha comenzado a producir por parte de algunas jóvenes investigadoras un acercamiento que espero que sea sólo el comienzo. Ejemplo de este acercamiento son las tesis de Esther Núñez o Beatriz Cavia Pardo. 

Central desde siempre es para el feminismo la cuestión de la diferenciación entre sexo y género. El feminismo aspiraría (entre otras cosas) a la desaparición de las categorías de género o, por lo menos, a minimizar el impacto de la estructura de género en el orden social. Y de alguna manera, las feministas creemos que con el tiempo hemos ido desgastando estas categorías, antes muy rígidas, ahora más flexibles. Y a pesar de lo que queda por hacer solemos pensar que –al menos en una parte del mundo- las vidas cotidianas de mujeres y hombres se han ido acercando en lo social y también en lo psicológico, en lo subjetivo.   Se ha avanzado tanto y en poco tiempo que a veces tenemos la impresión de que es cuestión de tiempo que el binarismo de género o se disuelva o se haga mucho más flexible hasta el punto de que acabe por desdibujarse y que al final sólo queden las diferencias biológicas.

Y en cuanto a éstas, al domorfismo biológico, aunque no este el lugar para abordar un tema tan complejo y tan controvertido,   la categoría de sexo, de cuerpo sexuado, está también cuestionada. Parte de la antropología feminista sostiene que ni siquiera hay dos sexos , sino más y que aunque el genéro asignado a cada uno/ depende en un principio del sexo biológico percibido al nacer, (percibido sobre la apreciación superficial de los genitales  también se sabe que el cuerpo es modificado històricamente por el género, es decir, es modificado por el poder. Nos encontraríamos así con biopoder del que habla Foucault.

Dicho todo esto ¿de qué manera nos interpela a las feministas la existencia de la transexualidad?  Pues porque a pesar de todo lo dicho y en un sentido muy general tendremos que aceptar que la existencia de ésta, como dice Esther Núñez en su tesis doctoral nos demuestra que las diferencias entre ser hombre y mujer no son tan irrelevantes como podríamos pensar en este momento, sino que, por el contrario, tienen la máxima importancia para muchas personas. La transexualidad nos supone, en todo caso, la medida de hasta qué punto subsisten en nuestro sistema social distinciones psicológicas y subjetivas muy importantes entre hombres y mujeres; diferencias que nosotras, personas no transexuales y en principio conformes con nuestros cuerpos y subjetividades marcadas de mujeres o de hombres, a lo mejor ni siquiera percibimos. Núñez dice que la transexualidad supone la oportunidad para hacer aflorar las normas de género en una modernidad que parece negar la presencia de una política de género”.

Tanta diferencia ven estas personas entre ser una cosa y ser la otra que están dispuestas a iniciar un proceso complicado, difícil, caro y muy costoso personalmente… al final del cual, en todo caso, recibirán un importante estigma social que les dificultará la vida, el trabajo y las relaciones familiares y personales…Tan importante es para ellas/ellos que se reconozca que son hombres o mujeres que se habrán echado sobre sí uno de los estigmas sociales más gravosos que existen, y aun así afrontará todas las dificultades sin dudarlo y todo con tal de ser nombradas y reconocidas como mujeres u hombres.  Entonces, tenemos que convenir que tiene que haber algo en ese ser subjetivo de ser hombre o mujer que a lo mejor no percibimos o a lo cual no le damos la importancia que tiene. Porque sabemos que susbsisten diferencias de poder, económicas, sociales…entre hombres y mujeres y esas diferencias podríamos explicarlas y definirlas. Pero más allá de eso yo misma no sabría definir un ser ontológico  propio de la masculinidad o de la feminedidad. ¿Qué es ser mujer más allá de esas diferencias ?  No me resultaría fácil responder a esa pregunta. Y sin embargo, las presonas transexuales si parecen saber en qué consiste esa diferencia. Lo saben y es además tan importante que las diferencias materiales, objetivas, simbólicas etc, que los demás percibimos, no tienen ninguna importancia para ellos.

Por ejemplo, en el caso de las personas transexuales de hombre a mujer, perderán gustosamente todos los privilegios que la condición masculina lleva aparejados en esta sociedad y todavía más en otras (como en el caso de países en donde las diferencias de género están aun más marcadas): derechos de ciudadanía, derechos humanos, laborales… a cambio de poder ser nombradas como mujeres. Personas que como hombres disfrutarían de la totalidad de sus derechos, derechos sustantivos, no sólo renunciarían a ellos sino que como mujeres transexuales están echándose sobre sí estigmas muy duros, sino que se están viendo abocadas, por ejemplo, a la prostitución, como sabemos que es el caso de muchas mujeres transexuales.

¿Cómo analizar esto? Y ¿qué significado tiene para el feminismo?

A lo largo del tiempo se han hecho fundamentalmente dos clases de análisis consecutivos. El primero estaría de acuerdo con los postulados básicos del feminismo, no así el segundo.  Casi toda la literatura de los 90 se inclina por pensar que la transexualidad suponía una “transegresión radical del género” en la medida en que rompe absolutamente con la relación establecida entre sexo y género. Rompe también, en todo caso,  con la inevitabilidad del género en cuanto producto de una socialización determinada. Esta ruptura es fundamental en tanto que nos demuestra que lo que hemos llamado socialización en el género no es tan importante o no siempre tiene los resultados esperados. Esa socializción, a la que Teresa de Lauretis ha llamado “tecnologías del género”, no es por tanto de resultados siempre ciertos. Hay personas a las que la socialización no les hace ningún efecto.

Personas que nacen biologicamente de un sexo, que son percibidas como inequivocamente pertenecientes a ese sexo, socializadas como tales, tratadas como tales, desarrollan sin embargo una identidad de género contraria a dicha socialización. La transexualidad demuestra así que la supuesta coherencia entre sexo biológico e identidad de género no es tal y demuestra al mismo tiempo que  no tiene por que darse necesarimanete esa concordancia entre el cuerpo y la identidad. Sin embargo, la realidad de esta ruptura no es apenas considerada por la teoría feminista “oficial”.  Es muy importante señalar, y esto todavía se contempla menos, que la transexualidad también rompe de manera muy evidente con la supuesta coherencia y naturalidad de las categorías sexo, identidad, orientación sexual, y prácticas sexuales. La importancia teórica de estas rupturas nunca es suficientemente analizada.

Respecto a la orientación sexual es sabido que muchas mujeres transexuales son lesbianas, de hecho en un número parece mayor que el que se da entre las mujeres no transexuales, aunque hablar de cifras es siempre complicado ya que, en todo caso, no se sabe qué número hay de lesbianas. Esto, que es una evidencia para las personas que conocemos a un gran número de personas transexuales siempre suele generar estupor en personas alejadas de la transexualidad y que no se han parado a reflexionar sobre este asunto. Por mi parte, ese estupor siempre me genera sorpresa cuando se trata de una persona que han reflexionado, leído, pensado sobre sexo, género, y orientación sexual porque demuestra lo profundas que son algunas ideas que se mantienen de manera inconsciente. ¿Por qué sigue generando sorpresa que alguien que era un hombre, se convierta en una mujer y desde ahí se defina como lesbiana? Creí que cualquier feminista sabía a estas alturas que sexo, orientación sexual e identidad de género son cosas distintas que pueden combinarse de varias maneras en una misma persona. ¿O no lo teníamos tan claro? Lo que dicha sorpresa demuestra es que aun no se ha roto la suposición, en muchos casos inconscientes, en que existe un vínculo natural, una coherencia, entre sexo, género, orientación sexual,  identidad de género y prácticas sexuales . Todas esas categorías funcionan independientemente unas de otras y dependen cada una, a su vez, de una multiplicidad de factores que no son fáciles de aislar. La suposición de que si una persona se siente sexualmente atraidas por las mujeres, debe ser desde un cuerpo masculino es claramente, como demuestra la existencia de las lesbianas, erronea. No existe equivalencia ni coherencia entre ser mujer/hombre y el objeto de deseo. Una mujer transexual se siente mujer,  desea a mujeres desde su identidad femenina y quiere ser deseada por las mujeres como mujer; exactamente igual que yo.

En cuanto al a las prácticas sexuales o al rol sexual creo que no se ha estudiado en absoluto  el significado que puede tener que tantos hombres, tantísimos, pongan su objeto de deseo en mujeres transexuales sin operar. Esto quiere decir en mujeres con pene. La respuesta simple de que estos hombres son, en realidad,  homosexuales encubiertos no es cierta (no en todos los casos al menos) Sabemos que muchas mujeres transexuales se dedican a la prostitución y que de éstas, la mayoría no se ha operado. Es más, una de las razones que dan para no pasar por la reasignación genital es, precisamente, que de hacerlo dejarían de trabajar.  Y cuando hablamos de mujeres con pene, hay que decir que se trata de penes capaces de tener erecciones y penetrar a los clientes, que es por eso por lo que pagan. Más que de homosexualidad encubierta, que es la explicación simple y no siempre cierta, de lo que habla esta circusntancia es de la fluidez del deseo  y de cómo este escapa a los marcos teóricos y vivenciales que se le quieren imponer-

En todo caso, siguiendo con el análisis anterior en el cual se considera que la transexualidad supone una transgresión radical del género, las personas transexuales serían personas disconformes con el dimorfismo sexual y de género y que serían por tanto personas disidentes de ese dimorfismo.  En este sentido en el que desestabilizaba esa coherencia y esa falsa naturalización que, además, son una de las bases teóricas del patriarcado, la transexualidad tiene que ser considerada como acorde con los análisis feministas.  Pero, como vamos a ver, a partir de esta consideración y a partir del mayor conocimiento, así como acceso a la palabra de más y más personas transexuales, este análisis comienza a complicarse. Si retrocedemos un poco en el tiempo hasta los oríegenes de la transexualidad como identidad  diferenciada, vermos como se forma como tal a finales del siglo XIX y que a mediados del XX comienza a configurarse como identidad política. Cuando esto ocurre, se produce una lucha de poder, como pasa siempre que la norma es desafiada por cualquier desviación. En esta lucha entre la norma y las desviaciones emergentes de la misma, se produce por lo general, como nos enseñó Edwin Shur, un compromiso final en el que la norma cede algún espacio a cambio de que la desviación termine ofreciendo una cara que más aceptable o más “normalizada”. Siempre se produce un compromiso entre la fuerza emergente y la establecida. En este proceso se terminaron imponiendo determinadas definiciones de la transexualidad que resultan problemáticas para el feminismo.

Es cierto que la transexualidad rompe y desnaturaliza la relación entre sexo y género pero lo hace a costa de esencializar la conciencia, la subjetividad, es decir, el género; a cambio, en definitica de biologizar el género. Y eso evidentemente es muy problemático para el feminismo. Tradicionalmente se solía entender (simplificando desde luego aspectos muy complejos)  que de la ecuación entre sexo y género lo que era más inamovible era el cuerpo; la transexualidad desafía esa creencia manteniendo en algunos discursos, y sobre todo en su discurso político, que lo verdaderamente fijo es el género. El discuro político transexual trabaja con un concepto de identidad de género esencial, previo al sexo (biologizado, en realidad)

Por eso algunos teóricos o estudiosos de la transexualidad, como Billings y Urban,  entienden desde ahí que, lejos de transegredir el género, la poltíca transexual y su gestión reafirman los tradicionales roles de género.  De repente, nos encontramos con personas que reivindican el derecho a la propia identidad de género no porque quieran cambiar su cuerpo (no todas quieren hacerlo) sino porque aseguran que más allá de lo que digan sus cuerpos, esa identidad que reivindican es lo que son; por eso afirman que, en realidad no cambian de sexo, sino que lo reasignan, lo adecúan a lo que siempre ha sido su verdadero yo, una subjetividad determinada por el género, un yo masculino o femenino.  Entonces, la pregunta que nos tenemos que hacer es la siguiente ¿Existe la subjetividad, la conciencia, generizada? ¿Dónde reside el verdadero género? Y aun podemos hacer una pregunta aun más comprometida: ¿Hay entonces una esencia, un “alma”, de mujer o de hombre?

Ante la existencia de la transexualidad lo que queda claro es que más que nunca es cierto que la anatomía no es un destino, pero no porque nos hayamos liberado de los destinos impuestos, sino porque, de repente, lo que sí parece ser un destino es el género. Judit Butler dice que hemos pasado de la anatomía es el destino a el género es el destino .Volviendo al principio ahora tendríamos que decir que el análisis de la transexualidad requiere aceptar que siguen existiendo ya no hombres y mujeres sino normas de género, diferencias de género y una estructura política de género que sigue muy viva. Por tanto, que el género sigue siendo fundamental en la estructuración subjetiva de las personas. Digamos que el sistema heteropatriarcal ha renunciado (de una manera no muy publicitada, es cierto) a que sea el cuerpo el que defina el género y eso es una avance, pero es también una nueva barrera.

Siguiendo de nuevo a Esther Núñez, diríamos que el sistema de sexo-género es un sistema político asentado sobre la suposición de que hombre y mujer son categorías que a su vez comparten cinco características:

– Son categorías cerradas  (asumir algunas características de género supone asumirlas todas)

– excluyentes (o lo uno o lo otro)

– no electivas (no se elige, es asignado al nacer),

– permanentes ( cambiar de género es impensable)

–  inmanentes (el género forma parte del nucleo duro de la personalidad)

Si antes estas categorías se referían, todas ellas, al cuerpo, ahora todas ellas han pasado a hacer referencia al género. La mayoría de las personas transexuales, y especialmente el discurso político transexual europeo,  asume y defiende que las categorías de género son dos, hombre y mujer, que son categorías cerradas, excluyentes, no electivas, permanentes e inmanentes (equivocadamente asignadas al nacer pero inmanente, ya que lo que se es está en la persona)  Finalmente entonces ¿Como desestabilizar esta nueva barrera? Si las personas trans han desestabilizado la categoría de sexo ¿Cómo desestabilziamos la de género, que parece indestructible?

Algunos teóricos (como Millot 97) afirman que  no debemos ver la transexualidad  como el problema, sino como la solución al conflicto y que lo que hay que hacer es visibilizar lo que subyace debajo de ese conflicto que no es otra cosa que una estructura de género que, en la realidad, no es tan cerrada, ni tan permanente, ni tan inmanente…sería como decir que algunas personas designadas como niñas, no se hacen mujeres, y algunas personas designadas como varones no se hacen hombres sin que eso quiera decir automáticamente que se hacen del otro género.

El verdadero problema es un sistema que no deja opción, que a que se sea una cosa o la otra y que penaliza a quien no quiere o no puede elegir o definirse. El problema, pues, no serían las personas trans sino el sistema.  Podríamos pensar que puede ocurrir que haya personas que no se sientan cómodas con su asignación de género -y con sus cuerpos en algunos casos- pero que el sistema binario de dos géneros obliga a escoger. Podríamos llegar a pensar que si existieran más posibilidades algunas personas, quizá cada vez más, no se nombrarían ni hombre ni  mujer.

En este punto es necesario retroceder a comienzos del siglo XX cuando se construye la identidad transexual y recordar que en la construcción de esa identidad tuvo mucho que ver la clase médica. Sin que diera tiempo a que las mismas personas transexuales gestionaran el modelo que se estaba creando, apareció ya el modelo medicalizado de la transexualidad. El objetivo de la medicina y la psiquiatria, instancias de orden al fin y al cabo, al crear este modelo no era otro que el de procurar mantener a toda costa la coherencia interna del modelo de sexo/género.

Esta misma operación se realizó con la homosexualidad y con la intención, en este caso, de mantener la coherencia entre sexo/género y deseo. Recordemos que en los primeros modelos sobre la homosexualidad icha coherencia se mantenía a costa de definir a las lesbianas como hombres en cuerpos de mujer y a los gays como mujeres en cuerpos masculinos; los propios activistas asumieron en un principio este modelo, siempre más “desculpabilizador” y con el que resultaba más fácil trabajar y plantear reivindicaciones. Esos cuerpos cambiados era lo único que podía explicar lo que entonces se llamó “impulso sexual contrario”. En definitiva,  esta idea del cuerpo equivocado es muy funcional: produce cuerpos correctos, normativos, genericamente normales, no importa en realidad, lo que haya que torcerlos.

En ese primer momento medicalizado, como en el primer momento medicalizado de la homosexualidad, la subjetividad y la identidad transexual se construyeron desde la medicina y la psiquiatria con el objetivo de mantener el control social sobre el sistema de género. Fueron los médicos los que colaboraron decisivamente a que las personas trans – todas- desearan a toda costa un cuerpo que reflejara su género sentido de manera que las marcas de género se inscribieran en el cuerpo, disciplinándolo, tal como sugiere el concepto de biopoder de Foucalut. Y a todo esto habría que sumar, además, todo el mercado de las tecnologías del cuerpo, un mercado que mueve mucho dinero y que refleja la reificación y mercantilización del cuerpo emprendida por el último capitalismo y que ha encontrado en el cuerpo transexual o no un campo sobre el que extender su panoplia.

Este modelo al que hacemos referencia es aquel que presupone un proyecto existencial predeterminado y en el que la definición sobre el género es necesaria: es un modelo claramente normalizador.Es el modelo resultante del proceso de lucha de poder entre la la norma y la disidencia, tras la cual se acepta finalmente que ciertas personas cambien su posición en la estructura de género pero se las exige que se reubiquen claramente en otra posición a fin de que la estructura se mantenga intacta. Cambiar para que nada cambie.

Políticamente, para cualquier minoría o grupo social, el proceso de contrucción identitario y político, es un proceso de doble vínculo: las identidades fijas y diferenciadas se construyen con el objetivo de contenar al diversidad dentro de ciertos límites normativos pero, al mismo tiempo la construcción de subjetividades a partir de las identidades políticas diferenciadas es  necesaria para oponerse a la opresión de la normatividad y alcanzar cierto nivel de supervivencia. La desviación hace la norma de la misma manera que la norma hace la desviación. Que una parte de la población se defina como transexual sirve al resto para mantener su seguridad en su condición genérica, que una parte de la población se defina como homosexual sirve para que los demás se definan como heterosexuales. Pero, al mismo tiempo, es necesario fortalecer las identidades homosexuales y transexuales para sobrevivir en una sociedad heteronormativa.

Como dije al principio en Latinoamérica las personas transexuales presentan identidades mucho más flexibles que las que nos encontramos aquí. Una de las razones es que allí no se ha configurado un movimiento político realmente organizado y con capacidad de interlocución con los poderes públicos. La construcción de un movimiento político minimamente empoderado suele significar, de manera paradógica pero inevitable, la homogeneización de los discursos múltiples o atomizados; la simplificación también. Es lógico que llegado el momento de reivindicar cuestiones concretas y de luchar por su inclusión en las agendas políticos, se simplifiquen los discursos para hacerlos más comprensibles, así como que busquen presentar su cara más asumble. En este sentido, a la hora de trabajar en las reivinidaciones trans, el movimiento político transexual en Europa intenta homogeinezarse en pos de presentar una facera unitaria. En latinoamérica, por el contrario, al permanecer las personas transexuales en la marginalidad más completa, las identidades se presentan absolutamente heterogeneas.

En ese sentido es allí donde podemos observar más claramente que las identidades incluso las subjetividades nunca se ajustan perfectamente a los modelos que se ofrecen como posibles. En el caso de las personas transexuales esto se hace evidente escuchando sus sus historias de vida y comprobando que hay muchas personas cuyas identidades se escapan de cualquier intento normativo. Hay personas que siempre se sintieron del otro género, hay quien siente un enorme malestar con el género asignado y vive mejor con el otro pero que quizá buscaría un punto intermedio de tener esa posibilidad, hay quien ha cambiado de género a lo largo de su trayectoria vital varias veces; que hay quien ha sentido la llamada del otro género muy tarde en su vida, y quien la siente muy pronto. He llegado a conocer a personas que se definen como “transeuntes de género”, personas que varian de género de un día para otro.  Como dijo Simmel: “Hay demasiadas categorías (formas de expresión sexual) y demasiados pocos sexos para explicar la inmensa variedad de la experiencia humana” (Herdt, 1994)

Quizá lo que existe en esas personas sea un malestar existencial que no encuentra más salida que la que el sistema le deja, es decir, escoger entre aceptar su asignación de género o designarse como transexual, es decir, del otro género. Mackenzie (1994) dice, en ese mismo sentido, que este malestar por sentir que se ha nacido con un cuerpo erroneo, quizá no sea así, sino que se trate más bien de un malestar por haber nacido en una sociedad/cultura erronea.  Podríamos pensar que que el dimorfismo radical dos géneros, dos sexos tiene como objetivo borrar la realidad de un continuo entre sexos y géneros que recogería mejor las necesidades vitales de los seres humanos. Si admitimos de base este continuo estaremos hablando de personas que no pueden aceptar el dimorfismo radical y que se salen de los espacios impuestos a lo que la sociedad responde obligándolas a meterse en otros espacios cerrados. En realidad, en palabras de Nieto, el transexual no rechaza sus genitales, sino los “genitales culturales” y renuncia a la asociación del género con los genitales, prefiriendo verse enmarcado en un continuo de masculinidad/femineidad. La  imposibilidad de pensar en la existencia de mujeres con pene o personas que sean mujeres por un tiempo y que sean hombres por otro, o que quieran ser deseados como hombres, pero parecer mujeres, o no sean capaces de definirse…demuestra también hasta qué punto el binarismo de género modela el pensamiento incluso de aquellas que querríamos acabar con él. Alice Schwarzer dice que una de las características de este sistema es que se nos prescribe ser inequícocamente hombre y mujer, que no le basta con que se sea, simplemente, un ser humano. No hay mediación de la diferencia sexual porque el patriarcado ha prescrito que no debe haberla (Schwarzer 1979).

El modelo existente para la transexualidad guarda importantes similitudes con el modelo de la homosexualidad actual. Partiendo de aquel modelo medicalizado de comienzos del siglo XX define la transexualidad como consecuencia de particularidades biológicas que se buscan sin fin y nunca se encuentran (como en el caso de la homosexualidad) y no permite que se entienda en ningún caso como acto de resistencia a la norma. Por eso la creación de una posición identitaria especifica transexual además de ayudar a que nada se mueva en el sistema de géneros, también sirve para desviar la atención de la dimensión política de la conflictividad y de la opresión de las normas de género. Aleja así la voluntad personal del ámbito de la política sexual, como mantengo que se ha hecho con respecto a la homosexualidad. (Gimeno 2005)

El objetivo político desde el feminismo, desde otra política sexual, para la cuestión de las identidades sexuales tendría que ser ayudar a  (re)construir la posibilidad de  un continuo de generos, de sexos, de roles, de deseos, de todas las intersecciones posibles. Para cualquier teoría social progresista el objetivo tendría que ser “huir siempre de la explicación más simple, aceptar lo inacabado, ser conscientes de la falta de control y de la estabilidad de los cuerpos, de las subjetividades y los deseos (Nieto 1998)  La ley española sobre reasignación de género es una ley especialmente progresista que sin embargo sigue imponiendo las cinco características antes mencionadas acerca del género.  Para empezar se exige el diagnóstico de un psiquiatra que es el encargado de legitimar que la transexualidad va a ser permanente. La pregunta que se le tiene que plantear a cualquier persona progresista es:  ¿y si no lo fuera?.   En segundo lugar es necesario el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios.  ¿Por qué razón? ¿Por qué se exige a las personas transexuales, por ejemplo, que acaben con el bello de su cuerpo y esta exigencia no existe, en cambio, para las mujeres belludas? En tercer lugar se exige un cambio de rol social, ¿Eso que significa? Mucha gente querría la desaparición de los roles socialesY po último, la ley española permite cambiar de nombre, pero prohibe poner nombres que induzcan a error en relación al sexo. La pregunta vuelve a ser ¿Por qué? ¿Por qué ese miedo a la confusión de roles, generos, sexos, deseos?

Es evidente que  el objetivo último de la ley es que  se siga manteniendo el sistema de dos géneros y para ello no puede haber ni flexibilidad ni confusión respecto a éstos.  Finalmente la propuesta política que quería hacer, sólo a modo de reflexión, es la siguiente: en un mundo en el que legalmente ya no tiene, y no debe tener,  ninguna importancia que se sea hombre o mujer en tanto que para lo único que tenía importancia era para contraer matrimonio, y esa exigencia ha desaparecido ¿para qué necesitamos la mención de sexo? Quizá sea el momento de pensar que la mención de sexo no sea obligatoria o sea más abierta o que no tenga que aparecer en todos los documentos.

Desde el punto de vista de la identificación personal, la mención de sexo es irrelevante en este mundo hipercontrolado por las huellas digitales, por el ADN, …Y eso teniendo siempre en cuenta que no está muy claro que haya sólo dos sexos. Creo que hay que desestabilizar el género aceptando e incluso potenciando la diversidad, entendiendo que ésta es siempre un valor. Que cada uno sea lo que quiera, lo que sienta, lo que pueda,  que cada una ame y busque ser amada como quiera, que ningún empresario, ningún organismo, ningún colegio, ningun gobierno tenga que saber de antemano si somos hombres o mujeres o ambas cosas o un poco de cada uno. En realidad ¿qué más da? La mención de sexo y género no debería tener significado alguno desde el punto de vista de la ciudadanía.

Evidentemente esto no significa que vayan a desaparecer los hombres o las mujeres si es que a alguien le preocupa. Todos seguiremos, no sabemos si para siempre, siendo asignados al nacer a un sexo y, de ahí, a un género. Pero se posibilitaría que existan personas que sean ambas cosas, o las dos a la vez, o que cambien de sexo o género, y quizá sí los roles de género se desdibujen definitvamente y queden convertidos, simplemente, en una posibilidad de libertad y, por tanto, de mayor autonomía y felicidad para todas.

IV Congreso Isonomía. Universidad Jaume I. Castellón. Verano 2007

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CAVIA PARDO, B Tesis: La producción social del género desde la in-corporación del otro. Artefactos desestabilizadores de la identidad transexual. Dirs: Alfonso Pérez-Agote y Ángel Gordo. Fecha de lectura prevista: último trimestre de 2006.

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