Reseña: Su cuerpo era su gozo


Luis M. Sáenz

Libros- Reseña:
Su cuerpo era su gozo, Beatriz Gimeno, FOCA Novela, Madrid, 238 pp.

Reseña publicada en Iniciativa Socialista nº 75, primavera 2005 

La primera novela de Beatriz Gimeno es, en cierta medida, una bella sorpresa, al menos si nos habíamos dejado llevar previamente por ese extendido prejuicio que con frecuencia hace que ante la aparición de una obra literaria  relacionada con un tema o problemática social en la que autora o autor son, en cierta formas, “especialistas” o “activistas”, esperamos encontrarnos con una especie de ensayo novelado, correctamente escrito y muy bien documentado. Pues bien, “Su cuerpo era su gozo” es una excelente novela, muy buena literatura y escrita con un acento propio, singular, no reducible a “esquema”. Quiero decir que al leerla tienes la sensación, no demasiado frecuente, de que estás ante algo “distinto”, “otra cosa” de lo que has conocido hasta el momento. De que, en definitiva, sólo una persona podría haber escrito eso.
La opción era arriesgada, especialmente para una primera novela. Párrafos muy largos, ausencia de “diálogo”, ruptura de la linealidad temporal. Y densidad. Imposible una “lectura en diágonal” que te permita saber al menos de qué va. Pues, de hecho, saber de qué va tampoco serviría para nada. Así que, al menos en mi caso, al comienzo lees con prudencia, mirando a izquierda y derecha, como si hubieses entrado en un barrio desconocido del que te han dicho -o sospechas- que hay cosas muy interesantes pero también zonas peligrosas, pero pronto terminas desechando precauciones porque la vida del barrio te atrapa y deseas patear hasta sus últimos rincones. Por cierto, en la novela de Beatriz Gimeno también hay “zonas peligrosas”, de las que más de uno se escandalizará, pero no es posible vivir sin riesgos salvo que decidamos hacerlo a costa de ser víctimas del mayor de los peligros: perder la libertad.
La novela pone al descubierto la feroz represión de la homosexualidad en el periodo franquista, pero de una forma que también ilumina la discriminación posterior o incluso otras formas de segregación y marginación de quienes son diferentes y se niegan a pedir perdón y compasión por serlo. De una forma extraordinariamente sutil, muestra la singularidad de la opresión sufrida por las lesbianas, diferente a la sufrida por gays y en apariencia más light que esta última, pero de hecho aún más ignominiosa: una lesbiana es, “pese a todo”, una mujer, y el Estado franquista se habría sentido “avergonzado” de tener que aplastar su homosexualidad con los mismos medios utilizados contra “maricas” y “maricones”, hombres al fin al cabo, aunque “traidores”. Contra ellas, en vez del escándalo y el castigo público, se lanza la ignorancia y todo el peso de las instituciones disciplinarias pretendidamente “no políticas”: la familia, cierta psiquiatría, la Iglesia, los vecinos, “los demás”, etc… Y, omnipresente en la “educación” de varias generaciones, pero aún con más virulencia en el caso de las mujeres, el monstruo de la culpa, verdadera ideología totalitaria, en cuyo manejo la Iglesia Católica y el estalinismo han llegado al máximo de “refinamiento” cruel.
En muy pocas obras, ya sean literarias o de ensayo, he sentido con tanta claridad y precisión esa confrontación antagónica, irreconciliable, entre culpa y responsabilidad. El sentido de “culpa” es reaccionario, enemigo de la vida, pues significa miedo, terror incluso, por haberse desviado de normas externas, de un “debes hacer” que llega desde fuera. La responsabilidad, por el contrario, es libertad y se basa en la ineludible autonomía personal a la hora de decidir qué hacer y qué pensar, con plena conciencia de que debemos asumir las consecuencias de lo que hacemos. Las Iglesias se reservan el derecho a “absolver” las culpas, los Estados el de “indultar”, pues tratan con “pecados” o delitos. Pero nadie podrá nunca borrar nuestra responsabilidad en lo que hemos hecho, hacemos y haremos, pues eso es vida no reducible a normas.
Todo esto podría “decirse” a modo de ensayo, informe o documento, es cierto. Pero esa no es la función de una obra artística. De hecho, esta novela “no dice” eso, sino que mi lectura me ha hecho pensar en esas cosas. La obra de arte no pretende “informarnos” o “hacernos saber”, sino hacernos sentir y, en cierta medida, “hacernos vivir”. Claro está que de lo que sentimos y vivimos extraemos también “saberes”, quizá los más arraigados y más certeros. En esa medida, una novela, una película, una canción o un cuadro pueden también aumentar “la información” que poseemos. Pero si sólo nos dan información de forma directa, sin pasar por el  “hacernos vivir”, sin revolver nuestros sentimientos, serán un fracaso, una obra prescindible, muerta.
No es el caso de “Su cuerpo era su gozo”, que es una obra viva. Muy viva. Y para mí no se trata de ninguna manera de un “libro triste”. Mejor dicho: en ningún momento me ha provocado sensaciones de tristeza, pues la riqueza de una obra de arte reside en su capacidad de crear sentimientos muy diferentes en cada persona. En esta novela he encontrado lo terrible, el dolor, el sufrimiento, pero no la tristeza. Y también he encontrado la luminosidad de la alegría de vivir, tanto más brillante cuanto más conciencia se tiene de la fugacidad de la vida. Quizá por pensar de esa forma, cuando reflexiono sobre las vidas de Luz y Ali, tan próximas, siempre me vienen a la cabeza los párrafos finales de la página 42, en los que se habla de una “iluminación” reveladora que, desde mi punto de vista, hace comprensible que ambas vidas fuesen también tan diferentes y lejanas.
En aquellos años oscuros, Luz llegó a pensar en la posiblidad de estar poseída por el diablo, cuya presencia era también palpable entonces, pero que ha sufrido aún más que Dios y finalmente desaparecido completamente de nuestras vidas. Luego, de repente, igual que vino se fue y Luz supo, sin lugar a dudas, que ella no era parecida siquiera a los demás. Ocurrió que una mañana se levantó y se encontró con que sabía que Dios no existe y que estaba sola, para siempre, hasta el día de su muerte y que ese día se encontraría más sola que nunca, pero que ante eso no había remedio. Dios, fuera lo que fuera, se había marchado de ella y no volvería jamás, y ese mismo día, como una revelación, al sentir el vacío, sintió también el vértigo de la existencia y tuvo un miedo terrible porque supo también que algo terminaría quemándola, pero que no era el diablo, sino su propio cuerpo.

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