Gentuza


Aunque esto no sea muy políticamente correcto estoy convencida de que en el mundo hay gente y gentuza. Ahora que vemos entre los políticos mucha gentuza (y también mucha gente normal) hay que recordar que la gentuza se distribuye por igual en todas partes, en todas las profesiones, en todos los países, en todas las ideologías, en todos los niveles de renta. Es difícil definir a la gentuza porque nadie es absolutamente bueno, absolutamente generoso, absolutamente solidario; todos tenemos zonas oscuras; pero hay grados.
Creo que la gentuza es aquella a la que le da igual que alguien se muera en su puerta con tal de que no se la manche, espero que con esta imagen se me entienda; aquella que se enfada porque los sin techo manchan la acera, la que echa pestes de los gitanos cuando un niño de cuatro años le pide una limosna, la que se enfada y protesta porque una anciana retrasa la salida de un autobús, la que arranca fuerte y casi atropella al limpiacristales porque le está manchando el coche… gentuza.

Una junta de propietarios de Valencia acordó por mayoría negar autorización a unas obras que permitirían que un niño discapacitado pudiera hacer uso de la piscina comunitaria. No sé si en esa Junta de Propietarios son gentuza todos o sólo una parte; no sé cuántos apoyaban la realización de las obras (así que los que no votaran en contra que no se sientan aludidos), pero me temo que son los menos. El Tribunal Supremo acaba de dar la razón a los padres del menor sentenciando que la decisión de los vecinos fue abusiva e ilegal. No se puede decidir por mayoría no hacer obras que eliminen las barreras arquitectónicas que permitan a las personas con discapacidad llevar vidas mejores sólo porque a la gentuza no le de la gana hacerlas; afortunadamente hay varias leyes españolas y europeas, y varios convenios internacionales que ponen límites a la propiedad cuando se esgrime la propiedad en contra de los derechos de las personas con discapacidad.

Porque eso es lo que convierte a toda esa gente en gentuza, que no tenían ninguna razón para no hacer esas obras. Según el tribunal no se ha alegado ningún motivo ni valido ni no válido; no se ha alegado ningún motivo. Era una obra sencilla: se trataba de instalar una silla con anclaje sencillo o un elevador de esos que permiten saltarse las escaleras. El gasto lo asumían enteramente los padres del niño y este podría usar de la piscina comunitaria, que también es suya, como cualquier otro niño. Pero los vecinos dijeron que no. A mí me queda claro que no han alegado ningún motivo porque el verdadero motivo no se puede alegar en un tribunal: que no les gusta ver a un niño discapacitado en su piscina, con sus niños.

Algunos detalles nos permiten pensar que la familia de este puede tener un buen nivel de vida. La casa tiene piscina y los padres no han dudado en llevar la cuestión hasta el tribunal Supremo, y eso cuesta dinero. Lo malo es que hay miles de personas y miles de ancianos que no tienen esas posibilidades y a quienes sus respectivas comunidades de propietarios-gentuza- prohíben hacer las mínimas obras de adaptación necesarias para que estas personas puedan vivir. Yo conozco varios casos en los que no poner una rampa para una silla de ruedas ha supuesto que quien la necesita no pueda salir si no es con mucha ayuda y esfuerzo.

A mí misma de pequeña me echaron de una piscina pública, lo recuerdo como si fuera ayer. El director de la misma, en pleno franquismo, le dijo a mi padre que mi presencia molestaba a los otros niños. Hoy ya nadie se atreve a decir eso, pero la gentuza sigue siendo la misma. Si la justicia tuviera de verdad una intención rehabilitadora esta gentuza tendría que trabajar un tiempo subiendo y bajando personas que no pueden hacerlo por sí mismas por las escaleras.

Publicado en: El Plural

2 comentarios

  1. ¿Todos a la carcel?…
    Tengo un trato, lo tuyo pa´ tu saco…

  2. Desde luego, no justifico los comportamientos como el que describe, pero sí puedo asegurar que, si no nos respetan en el día a día con cosas que no cuestan dinero y son mucho más simples, ¿qué podemos esperar de las más complicadas y costosas económicamente? Yo soy la primera que me cabreo todos los días en la calle, porque la gente no sabe controlar sus impulsos cuando ven a alguien con bastón. ¿Tan difícil es dejar a esa persona tranquila, mucho más si ella misma lo advierte? ¿O es que, al menos nosotras (que somos adultas), somos muñecas de trapo o de plastilina? Más de una vez he pensado que debemos de ser objetos o algo distinto a las personas que no tienen ese problema. Es triste para mí decirlo, y quizá molesto para otra gente leerlo, pero es la pura verdad y no me canso de decirla.
    Lo que quiero decir con esto, es que lo que cuenta es indignante, que hay personas indeseables e insolidarias en todas partes y en todos los gremios, ¡faltaría más! Pero yo la invitaría, así como a cualquier mujer, especialmente si no tiene problemas de visión, a pasar un día con los ojos tapados, para que vieran lo molesto que es que cualquiera la toque, sin siquiera preguntarle, y, hasta si se deja la lleven y la traigan de un lado para otro, donde les parece conveniente. ¿No es esto bastante más fácil que otras cosas, y es quizá lo que más cuesta? ¡Y lo peor es que no pasa nada porque la gente sea irrespetuosa con una! Nadie les dice nada más que la propia interesada y son muy pocas las personas empáticas que saben ponerse en su piel: los unos porque son hombres y su machismo no les permite entender el rechazo de una mujer, y las otras, debido quizá a ese mismo machismo, a los mandatos de género y no pocas veces a su propia mezquindad e incomprensión con las congéneres, el caso es que, quien defiende estas ideas termina calificada de ingrata, como adjetivo más suave, cuando no de sinvergüenza y de cosas peores. Tan importante es tener acceso a una piscina como el respeto en público al cuerpo de esa persona. Lo primero se soluciona mediante la Justicia, que, como dice, es una pena; lo segundo, en ninguna parte, todo el mundo sale indemne por tocar a las ciegas por la calle.

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