Domingo


Domingo

Los domingos se abren reducidos a polvo,
la ciudad queda atrás convertida en tormenta,
el cuerpo se acomoda al paso misterioso de las horas.
En domingo, mi cuerpo y la ciudad respiran al unísono.

Desde temprano, el corazón se aquieta,
la sangre se endurece,
la cabeza descansa de la angustia,
el oído se aguza hasta escuchar el paso de una hormiga
que sale de mi ombligo.

Por la mañana soy una tortuga de caparazón duro
que avanza torpemente contra el tiempo
y que se desmorona según pasan las horas.
Por la tarde, empapada de miedo me acerco hasta un café.
Un domingo de otoño a media tarde
en un café de barrio que se sume en un tiempo desolado
quién podría esconderse de sí misma.
Yo no puedo.

Miro a la camarera de las manos bonitas
y sueño que le digo que una caricia suya podría darme la vida.
Pero callo porque he aprendido que no todo puede pronunciarse libremente
y porque sé que en domingo
las palabras se sitúan siempre al borde del abismo.

En domingo la ciudad y yo somos dos amantes
encerradas en una habitación de hotel con el suelo gastado
y los cristales sucios.

3 comentarios

  1. Otra alma solitaria pasea por un sendero junto a hojas caidas del otoño, con las manos introducidas en los bolsillos, da la sensación que es una mujer sacada de los cuadros de Edward Hopper…

    1. Sencillamente delicioso.

  2. Los domingos ya no son lo que eran desde que leí este poema hace semanas. Desde entonces lo son más. Y hoy es domingo. ¡Cuánta sensibilidad en unas pocas líneas!

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