La institución matrimonial después del matrimonio homosexual. ¿Seguimos hablando de lo mismo?


El matrimonio entre personas del mismo sexo ha sido la conquista legal más visible del Movimiento Homosexual en España; una conquista que ha tenido importantes repercusiones en el resto del mundo. Especialmente en América Latina, la consecución de dicha ley en España significó que una parte del movimiento  cambiara su principal reivindicación de leyes de uniones de parejas a una ley de matrimonio. La realidad es que lo conseguido en España ha tenido allí un importante  reflejo, no sólo por nuestros evidentes vínculos históricos y culturales; el hecho de que España sea también un país del sur (geográfica y políticamente en la Unión Europea) y católico, ha hecho pensar a los y las activistas de América Latina que un cambio legislativo de esta naturaleza quizá no fuera tan imposible como se venía pensando.

Sin embargo, a pesar de que hacia el exterior el matrimonio es la reivindicación política más visible, no todos los activistas lgtb [1]están de acuerdo con ella y existe, por el contrario, un importante sector del activismo en América Latina (también en España y en el resto del mundo) que se ha mostrado reiteradamente en desacuerdo, no ya con esta conquista, sino más bien con que, como reivindicación, ésta sea prioritaria.  La acusación más frecuente que se hace a esta reivindicación es la de que se trata de una demanda que proviene del sector institucionalizado del movimiento lgtb, que es conservadora y ajena a los verdaderos intereses de los gays y lesbianas; reivindicación que rompe, además, con el planteamiento que siempre ha considerado el matrimonio más una institución a combatir que como una posible reivindicación política a plantear desde sectores sociales que pretenden transformar la sociedad.  Este es un viejo debate que tarde o temprano termina alcanzando a todos los movimientos sociales: el de autonomía o institucionalización.

Sin entrar a fondo en este debate, ya que no es el objeto de este trabajo, algunas de las personas que estuvimos en primera línea en esta batalla [2]pensamos que hay otra manera de pensar políticamente en el matrimonio homosexual que no es, quizá, la más extendida pero que es posible:  desde la vertiente de la ciudadanía, desde el descentramiento del heterosexismo, desde la posibilidad de queerizar esta institución para, al mismo tiempo que se consigue la ciudadanía plena para gays y lesbianas, debilitarla como institución represiva, heteronormativa, lo que ha sido históricamente. Es decir, sostenemos que el matrimonio entre personas del mismo sexo no es únicamente una mera extensión  de los derechos y obligaciones de esta institución, sino que debido a su propia  naturaleza, esta extensión de derechos no puede hacerse sin dañarlo irremediablemente.  Si entendemos que el matrimonio es una herramienta privilegiada del heterosexismo, el matrimonio homosexual tiene una capacidad transformadora que puede resultar subversiva del mismo orden que algunos suponen que viene a apuntalar. El matrimonio homosexual es, en realidad, una paradoja en sí mismo y casi un oxímoron; una fuerza deconstructora[3] como vamos a intentar argumentar.

Matrimonio homosexual: ser o no ser

En los años 90, justo cuando el Movimiento lgbt se unía para dedicar sus esfuerzos políticos a la conquista de la igualdad legal: esto es, del matrimonio en tanto que una de las discriminaciones legales más evidentes, el movimiento queer se hacía fuerte precisamente contra esas políticas igualitaristas y centradas en la identidad.  Los militantes queer rechazaban integrarse en la sociedad mediante la reivindicación de iguales derechos y cuestionaban la existencia de identidades sexuales fijas que podrían encerrar a grupos sexuales en comportamientos rígidos. Si bien el objeto de este artículo no es tampoco señalar las diferencias teóricas entre el movimiento queer y el movimiento lgbt, sí merece la pena señalar que quizá no sean tantas como a veces, desde ambos lados, se intenta argumentar. O quizá sea más correcto decir que hay personas dentro del movimiento lgbt que están plenamente de acuerdo con los postulados esenciales de la teoría queer, si bien se pueden mantener importantes diferencias en lo que se refiere a la práctica política cotidiana. En realidad, es tan sencillo como decir que si bien el movimiento queer pretende liquidar el régimen político del género y por consiguiente, de la heterosexualidad, hay activistas dentro del movimiento lgtb, como las dos autoras de este artículo, que pretendemos llegar al mismo resultado, pero que entendemos que por una parte, no es ético obviar la lucha por las mejoras en la calidad de vida que se derivan del acceso a la igualdad legal para las personas homosexuales y por la otra, que el acceso al matrimonio sería, como hemos dicho anteriormente, una bomba silenciosa en el corazón del heterosexismo. El movimiento lgtb se ocuparía de la lucha cotidiana por aquellas reformas que facilitan y mejoran la vida de las personas homosexuales y transexuales sin olvidar que el objetivo final sería la liquidación de la estructura de género. Y en este caso, pensamos que es posible unir ambas cosas en una misma lucha y en una misma conquista.

El movimiento lgtb, o más bien la mayoría de las personas que forman parte de la comunidad -de las comunidades- lgtb, ha pasado de pensar la diferencia como una opción política en los años 70 y 80 a por el contrario, pensarla como algo dado por la naturaleza en los 90.  Por supuesto que no todos, todas, los que militamos en el movimiento lgtb estamos de acuerdo en ese cambio que nos parece conservador. Sin embargo, lo hemos asumido como estrategia política, no sin dejar clara nuestra postura en libros, artículos, charlas etc. Es cierto que una política lgtb basada en  una identidad sexual definida como unitaria y esencial, claramente ubicada, inteligible e inalterable, en el cuerpo o la mente y que fija el deseo en determinada dirección, representa un punto de vista conservador que no puede aportar nada a la lucha por la desaparición de la heteronormatividad. Pero… el mismo Bourdieu se pregunta ¿Cómo rebelarse contra una categoría socialmente impuesta si no es organizándose en una categoría construida de acuerdo con dicha categorización y haciendo existir de ese modo las clasificaciones y restricciones a las que pretende resistirse?[4]. Finalmente, no hay nada de extraño en utilizar la identidad de manera estratégica, y los mismos activistas queer (Butler a la cabeza) han admitido que cualquier lucha política  tendrá que pasar por la admisión de esta  identidad estratégica que entenderíamos como una herramienta política. Entendiendo así cualquier reforma de la heteronormatividad como un medio para llegar a su liquidación, y no como fin en sí misma, mantenemos que el movimiento queer no ha sabido ver el vigor de la tendencia construccionista y antiesencialista que late en algunas políticas lgtb; una tendencia que en todo caso y aunque es una fuente no siempre citada por ell@s, la teoría queer ya habría recogido del feminismo lesbiano[5]. De hecho, una identidad sexual no esencial, fluida etc, es la base del feminismo lesbiano desde Beauvoir hasta Wittig, pasando por Rich y tantas otras… Lo cierto es que el feminismo lesbiano desencializó la sexualidad hace mucho y que muchas feministas lesbianas mantenemos aun un construccionismo radical frente a la parte más conservadora de la comunidad lgtb [6].

Desde aquí vamos a tratar de explicar por qué la consecución del matrimonio tiene que ocupar un lugar importante en cualquier agenda lgtb. Vamos a hacerlo utilizando a Nancy Fraser y su teoría de la ciudadanía y el reconocimiento, así como de la “reforma no reformista”.

La cuestión de la ciudadanía íntima/sexual

El matrimonio siempre ha sido una institución que en cuanto organizadora del parentesco, ha venido a señalar el estar dentro o fuera primero de la familia, después del grupo y, mucho más adelante, con la creación del estado nación, de la ciudadanía. Los que se pueden casar y acceder a todos los derechos y obligaciones que concede la ciudadanía plena, son los ciudadanos. En este sentido parecería absurdo que el movimiento de liberación homosexual no reivindicara para las personas homosexuales la posibilidad de acceder a la plena ciudadanía mediante el acceso a la institución matrimonial. Sin embargo, el asunto no es tan sencillo porque al mismo tiempo que el matrimonio es una puerta a la ciudadanía, también es una institución fuertemente vinculada al establecimiento de la heteronormatividad y el patriarcado, justo las dos instituciones políticas establecidas para borrar cualquier diferencia sexual. Nos encontramos así ante una situación aparentemente sin salida. El matrimonio significa igualdad legal, ciudadanía plena pero al mismo tiempo, el matrimonio está establecido para excluir a ésos que ahora queremos integrar.

Desde los años 70 del pasado siglo hemos venido asistiendo a la apertura de nuevos campos de politización, en los que decisiones o comportamientos que antes eran privados, se constituyen ahora como políticas. Desde el “lo personal es político” del movimiento feminista, pasando por la teorización entre sexualidad y poder llevada a cabo por Foucault, hasta los más recientes teóricos de la ciudadanía íntima, como Giddens o de la ciudadanía sexual como Weeks o Evans, hemos asistido a la mutación de las políticas emancipatorias tradicionales (que buscan liberarnos de una opresión) en políticas de vida (que derivan de procesos de realización del yo) en circunstancias  de interdependencia global en la que los estados nación están transformándose muy rápidamente, de manera que ya no se puede sostener que sea el estado el único sustentador de la ciudadanía. Si en un principio según la acepción clásica de Marshall[7], la ciudadanía se basa en la clase social, poco a poco la base de la misma se amplia para dar paso a derechos de ciudadanía reconocidos o negados de acuerdo al género, la etnicidad, la orientación sexual etc. El concepto de ciudadanía se amplia para dar lugar a nuevas reivindicaciones relacionadas con el cuerpo, las relaciones y la sexualidad. Es aquí donde el concepto de reconocimiento, tal y como lo utiliza y acuña Nancy Fraser, aparece como un concepto clave. Para ella, plena ciudadanía y reconocimiento tienen que ir de la mano.  Así aun  cuando los derechos fueran otorgados por cualesquiera otras leyes subsanatorias, podría continuarse en un estado de no reconocimiento y por tanto, de no plena ciudadanía. El matrimonio no es la única forma de conseguir ciertos derechos que le suelen ser constitutivos pero en cambio, sí es la única forma de obtener la plena ciudadanía en cuanto reconocimiento. Por eso, la lucha por los derechos no puede separarse de la lucha por el reconocimiento, como ocurre, por ejemplo, en el caso de una Ley de parejas, mediante la cual pueden conseguirse los derechos pero no el reconocimiento, siendo así que al contrario, se retrocede en éste.  De ahí que “la cuestión del nombre” -como se llamó en España a este problema- fuera tan importante.

La cuestión del Nombre o la legitimación simbólica

En España, con “la cuestión del nombre” se hacía referencia a este debate. Llegó un momento en que en lo que se refiere a la consecución de los mismos derechos todo el mundo parecía estar de acuerdo, unos sectores con más entusiasmo que otros. La cuestión, finalmente, se limitaba al nombre. Si se consiguen los derechos, decía la iglesia, la derecha y los activistas queer, ¿por qué empeñarse en que se llame matrimonio, un nombre con connotaciones tan heterosexistas y patriarcales? ¿Por qué empeñarse en que se llame “matrimonio”, decían los sectores conservadores, hiriendo de esa manera a una importante parte de la población para quienes ésta es una institución sagrada? La organización de la cual yo era presidenta y que mantenía esa lucha decidió que “o matrimonio o nada”, negándonos así a aceptar la posibilidad de conseguir los derechos bajo otra denominación.

No seremos nosotras quienes restemos importancia a la consecución de importantísimos derechos sociales, sanitarios, familiares, económicos…que  mejoran –y mucho- las condiciones materiales de vida de las personas lgtb. Obviamente que poder disponer en igualdad de esos derechos es fundamental, pero ya hemos dicho que los mismos pueden conseguirse no sólo mediante una ley de matrimonio, sino de otras maneras como una Ley de Parejas o Ley de Convivencia…(o cualquier otro nombre que se le pueda dar),  que es la solución adoptada en la mayoría de los países.  Quienes se conforman con estas leyes están olvidando ese aspecto que hemos mencionado antes y que nos parece fundamental, que el matrimonio no son sólo derechos sino también reconocimiento, como hemos dicho antes; reconocimiento que se otorga mediante la legitimación simbólica.  A las personas que no hemos aceptado que esta conquista pueda hacerse bajo otro amparo que no sea el del matrimonio nos importa y mucho  -casi tanto como el amparo de los derechos-, la legitimación simbólica que aquel trae aparejada y que no puede hacerse sino mediante la entrada en esta institución; uno de cuyos fines es, precisamente, ese: legitimar, reconocer. De hecho los activistas éramos conscientes de que los derechos en sí, el contenido material de los mismos, el movimiento lgtb español los hubiera conseguido antes si hubiera transigido en aceptar una Ley de parejas que bajo una distinta denominación, hubiera podido otorgarnos los mismos derechos y obligaciones que la institución matrimonial. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, eso hubiera sido peor que nada, en tanto que hubiera significado aceptar el déficit de reconocimiento como natural y de esta manera, la superioridad de la heterosexualidad sobre la homosexualidad que es en definitiva lo que está en juego.

Lo cierto es que en las últimas décadas,  la desaparición de la noción de pecado, la desaparición de la homosexualidad como entidad clínica, la noción -cada vez más extendida- de ciudadanía sexual…hacen difícil negar derechos sociales o económicos descalificando  comportamientos privados perfectamente legales. Por el contrario, la sexualización del entorno, el mito de la sexualidad como un valor, fuente de salud, de vida etc. ha conducido, en las sociedades democráticas occidentales, a la legitimación de cualquier práctica sexual consentida entre adultos/as. Los derechos sexuales han irrumpido con fuerza. Como dice Giddens, nuestras sociedades han sustituido la perversión por el pluralismo. Este reconocimiento de la legitimidad de las prácticas sexuales consentidas entre adultos, ha producido un desplazamiento desde la persecución de ayer contra los disidentes sexuales, al paulatino reconocimiento de cualquier entidad familiar y al mismo tiempo, desde los sectores más conservadores el empeño se ha desplazado desde la negación absoluta de los derechos al empeño en el no reconocimiento de estas familias. Ya no se persigue a los individuos homosexuales o a los disidentes sexuales porque esa batalla está perdida, ahora lo que se intenta es que esas familias diversas no gocen del mismo estatus que las  legítimas. Es ahí, en el no reconocimiento de estas familias donde ahora se han depositado “las esencias” del pensamiento conservador y reaccionario. Al fin y al cabo, el pensamiento liberal siempre entendió al Estado como una extensión de la familia tradicional. Por eso no es extraño que sea alrededor de ésta dónde se está librando una de las batallas ideológicas y políticas más importantes del nuevo siglo. Esta batalla se libra alrededor de la  familia/matrimonio como concepto y ya no alrededor de determinados derechos materiales como pensiones, herencias etc. tradicionalmente asociados a ella. Volvemos así a lo que los defensores de la familia tradicional dejaron bien claro durante el debate político que precedió a la aprobación de la ley en España: la batalla es por el “nombre”[8]. Resumiendo: lo que está en juego no son los derechos sino el orden simbólico, el reconocimiento, el estatus.  Con orden simbólico entendemos un conjunto de reglas inamovibles sobre las que se supone descansa la vida en sociedad y el acceso de los sujetos a la cultura y al lenguaje. Para estas personas quedaba claro que la familia heterosexual es la garantía del mantenimiento de este orden simbólico que se viene usando también como sinónimo de “orden natural”, “orden establecido” o, simplemente, como algunos dijeron “puro sentido común”[9]. El mal siempre viene para la patria y la sociedad cuando se ponen en duda los valores fuertes del patriarcado. Y la familia es uno de estos valores fuertes.  Si se trastocan estos valores, aseguran, la civilización corre peligro. Como afirmó gráficamente el Obispo mexicano Olvera Ochoa[10]: “Si la familia se convierte en otra cosa, ¿cuál es el futuro del mundo?”

En realidad, tienen toda la razón: la fuerza de la ortodoxia se funda en una dominación material que construye la discriminación sustentándola en disposiciones que se revisten de los signos de lo natural. Esto ha sido así históricamente y por ello para Bourdieu el objetivo de cualquier movimiento de liberación es hacer un trabajo de (re)construcción simbólica que imponga nuevas categorías de percepción; trabajo de (re)construcción que implica la deconstrucción del orden anterior. Para cambiar de modo duradero las representaciones se tiene que imponer una transformación duradera de las categorías incorporadas (de los esquemas de pensamiento) que a través de la educación, los medios de comunicación, la iglesia, la familia… confieren el estatuto de realidad evidente, necesaria, indiscutible y natural a la heterosexualidad.  Para Fraser, una ley de parejas no sería una buena solución desde el punto de vista de la justicia, puesto que el distinto nombre  -mientras el primero conserve intacto su prestigio-lo único que hace es, precisamente, reafirmar el superior estatus del matrimonio heterosexual sobre cualquier otra posibilidad. Así pues, cuestión de derechos, sí, pero cuestión de legitimación simbólica también, de estatus de igualdad para conseguir la entrada en la plena ciudadanía.

La cuestión ahora es: ¿tiene esta demanda del matrimonio entre personas del mismo sexo capacidad transformadora, más allá de lo que significa para gays y lesbianas? ¿No se trata de una mera reforma que, mejorando aparentemente las vidas de las personas homosexuales contribuye, al  mismo tiempo a apuntalar estructuras profundamente opresivas para todos y todas? Creemos que no, que la legitimación conseguida por medio del matrimonio tiene importantes potencialidades transformadoras respecto a la heteronormatividad y a la construcción política del género. Para explicarlo recurriremos al concepto de “reforma no reformista” de  Fraser.

Reformas no reformistas según Nancy Fraser

Las y los activistas políticos con voluntad verdaderamente transformadora nos enfrentamos muy a menudo a un dilema ético respecto a nuestra acción política.  Los movimientos políticos de liberación deberían tener siempre en cuenta que tienen un compromiso ético con las personas a las que quieren representar, que su compromiso es con la vida de estas personas y que si bien la teoría puede permitirse (e incluso tiene el deber si quiere ser revolucionaria) acampar en las afueras de la ciudad, los teóricos suelen tener su casa dentro aunque vivan, de manera transitoria, en tiendas de campaña instaladas en el exterior. El movimiento de liberación trabaja con la convicción de que ningún ser humano quiere vivir permanentemente fuera, a la intemperie. Luchamos no sólo por el derecho a instalarnos dentro a cualquier precio, sino también para transformar la ciudad de manera que finalmente resulte acogedora para todos y todas.  Entendemos el matrimonio entre personas del mismo sexo como un medio y no como un fin en sí mismo. No es justo descalificar como conservadora sin más la reivindicación y consecución del matrimonio entre personas del mismo sexo, porque dicha reivindicación tiene, para nosotras, unas virtudes políticas radicales que generalmente pasan desapercibidas a una crítica superficial.

Volvamos al principio, ¿tienen estas políticas de lucha por el matrimonio capacidad transformadora? Los postmodernos lo niegan, nosotras afirmamos que la tienen y es aquí donde  el concepto de “reforma no reformista” de Fraser [11]. nos parece crucial para superar la parálisis que a veces acontece en la actividad política cotidiana, así como el dilema ético al que hemos hecho referencia. Para esta feminista norteamericana, las estrategias transformadoras son preferibles a las reformistas, pero a veces aquellas, por diferentes motivos, son inviables. En este caso, por ejemplo, los llamamientos a la deconstrucción de las oposiciones binarias ni importan a la mayoría de las personas lgtb, ni dichos llamamientos van a ayudarles a superar la discriminación que padecen y que necesitan para llevar vidas más dignas y mejores. Sabemos que las estrategias transformadoras sólo son factibles en determinados momentos históricos. La pregunta es la de siempre: ¿Hay que sacrificar los principios transformadores en virtud del realismo?

Afirma Fraser, y estamos de acuerdo, que la distinción entre afirmación y transformación no es absoluta, sino contextual.  En ese sentido, acciones que pueden parecer reformistas en abstracto pueden tener efectos transformadores en determinados contextos, siempre que se procure ponerlas en práctica de forma radical y consistente. Aunque  la idea de “reforma no reformista” es de André Gorz[12], que la aplica al contexto económico, concretamente a la redistribución, Fraser la retoma para aplicarla a un contexto en el cual ella equipara la necesidad de redistribución con la necesidad del reconocimiento, y la mala redistribución con el déficit de reconocimiento. Este tipo de estrategia afirmativa sería una vía hacía la transformación por medio de una estrategia alternativa definida por su dependencia de “reformas no reformistas”. Para nosotras, el matrimonio homosexual sería una reforma no reformista. Esto quiere decir que, por una parte nos permite como activistas salvar el dilema ético y luchar por el reconocimiento, la ciudadanía plena y los derechos de las personas lgtb, lo que llevará a estas personas a tener vidas mejores. Pero por otra, desde nuestra perspectiva, con esta reforma, la institución del matrimonio   -y esto es lo que no tienen nunca en cuenta los y las teóricos queer- emprende una trayectoria de cambio de tal calibre que puede acabar transformando el sentido de la misma institución e incluso ir mucho más allá.  Como sigue afirmando Fraser, cuando tienen éxito, las reformas no reformistas no sólo cambian las características institucionales específicas que constituyen su objetivo explícito, en este caso, mejorar la vida mediante el acceso a derechos básicos, sino que modifican el terreno transformando las estructuras que generan la injusticia. Eso es lo que vamos a intentar explicar.

En primer lugar, vamos a explicar que, en nuestra opinión, no se puede hablar de matrimonio sino desde una concepción esencialista que utilizan muy a menudo, paradójicamente, los adalides del construccionismo. Si entendemos el matrimonio desde una perspectiva radicalmente historizada entenderemos claramente hasta qué punto ésta puede modificarse. En segundo lugar defenderemos que “matrimonio homosexual” es imposible, un oxímoron, una contradictio in terminis.

La genealogía/historización del matrimonio

Resulta curioso, cuánto menos paradójico, que el movimiento queer, profundamente antiesencialista, sea esencialista en cambio, en su acercamiento al matrimonio. Nosotras hacemos un acercamiento historizado al mismo que nos permite contemplar claramente su carácter contingente. Sostenemos que  únicamente desde un punto de vista ahistórico y esencialista se puede mantener  la posibilidad de hablar del matrimonio. De hecho, sostenemos, no hay matrimonio sino matrimonios. En este caso, para explicar por qué pensamos que muchas de las críticas que se le hacen a la institución matrimonial están desfasadas y pecan de esencialismo, vamos a hacer una aproximación al matrimonio desde la investigación genealógica. El concepto de genealogía de Nietzsche[13], como una cadena de fenómenos que se superponen unos a otros, es perfectamente aplicable a la institución matrimonial y hace que éste pueda ser interpretado sin caer en la ahistoricidad, como una institución social compuesta de diferentes capaz de interpretación unidas entre ellas por la historia y los distintos significados que han ido alterando y reconfigurando las características del mismo.

No podemos hacer aquí un recorrido histórico de los significados del matrimonio pero en un acercamiento necesariamente conciso a una historia de gran complejidad y extensión en el tiempo, podríamos comenzar con el matrimonio como organizador del parentesco mediante el intercambio de mujeres con el objetivo fundamental de crear redes extensas de parientes políticos, acrecentar el poder del grupo y asegurar su supervivencia. A medida que las civilizaciones se hicieron más complejas y estratificadas esta función cambió radicalmente y aparecieron otros objetivos que podríamos resumir en tres fundamentales interconectados entre sí: garantizar la filiación de los hijos, garantizar la subordinación de  la mujer y la división sexual del trabajo y garantizar la transmisión de la propiedad mediante la herencia [14]. Quienes se oponen a la reivindicación del matrimonio por considerarla una institución únicamente heteronormativa o patriarcal siguen teniendo en mente una idea esencializada del matrimonio, a la que no han incorporado las capas, los cambios, que la historia le ha ido sumando. Lo cierto es que el matrimonio actual en aquellos países occidentales que están en disposición de plantearse la reivindicación del mismo entre personas del mismo sexo, ya no guarda mucho de sus orígenes, y lo que aún conserva es, precisamente, aquello que el acceso homosexual puede contribuir a desestabilizar.

Los primeros objetivos, los primeros mimbres del matrimonio se han desdibujado y han desaparecido en algunos casos y, sin embargo, a la hora de enfrentarnos a la institución nos encontramos con que se la esencializa de tal manera que es corriente que, en el imaginario colectivo, perviva aun una noción que  ya no existe. Nosotras sostenemos que esa pervivencia imaginaria no es casual, sino interesada. Son precisamente los sectores conservadores de la sociedad los que quieren que perviva, al menos en el imaginario, ya que no pueden disponer de ella en la realidad. Se aferran  a un matrimonio que hace tiempo que no existe y lo hacen para conservar un poder que se les está escapando de las manos.

En primer lugar el matrimonio ya no garantiza la filiación. Aun cuando siguen quedando restos de aquella organización y el matrimonio reconoce de facto determinada filiación, ésta puede garantizarse fuera del matrimonio sin problema y también la propia filiación matrimonial puede impugnarse fácilmente, estableciéndose otra. La filiación se garantiza mediante la declaración de los padres, estén estos casados o no y si no hay acuerdo entre ellos se garantiza o se comprueba mediante proceso judicial; y no olvidemos que puede también determinarse a posteriori, años después mediante la impugnación del propio hijo, que puede cambiarse etc.. En segundo lugar, en cuanto a la herencia ésta sigue a la filiación, no ha desaparecido pero ya no depende del matrimonio; los hijos extramatrimoniales o no matrimoniales tienen los mismos derechos que los concebidos dentro de un matrimonio; tampoco en este aspecto hace el matrimonio diferencia alguna. Por último, respecto a la subordinación de las mujeres, el contrato matrimonial ha ido asumiendo todos los cambios que la lucha feminista ha ido introduciendo en la sociedad y ha ido cambiando al mismo ritmo, terminando por convertirse en un contrato entre iguales, fácilmente disoluble, como un negocio cualquiera. Por otra parte, la lucha de las parejas no casadas por tener los mismos derechos que las casadas, también ha ido modificando esta rama de los derechos familiares hasta el punto de que en algunos países, estar o no casado no implica ninguna diferencia respecto a quienes sí lo están. Entonces ¿por qué este escándalo cuando, precisamente  aquellas personas para quienes el hecho de poder casarse o no sí que implica una profunda diferencia, piden que, por una cuestión de igualdad, les sea reconocido ese derecho? Porque los ataques legales que ha sufrido esta institución en los últimos dos siglos ha servido para transformarla radicalmente pero, aun así, no han podido arrebatarle su prestigio y su poder  en el imaginario social colectivo; su enorme poder legitimador, como decíamos antes. La razón es que lo que ha cambiado ha sido el contenido legal, pero no tanto el significado simbólico.  Y por mucho que cambie el contenido real del matrimonio, lo que las personas siguen percibiendo es su contenido simbólico, mucho más poderoso. ¿Qué está en juego con el reconocimiento jurídico del matrimonio entre personas del mismo sexo? “(el matrimonio todavía) afecta a las estructuras más fundamentales del orden social y sexual, y a las más arraigadas en la mentalidad de los individuos (un orden basado en la diferencia y la complementariedad de los sexos, con el psicoanálisis como reflejo, síntoma e instrumento de reproducción), y afecta, por lo tanto, a los fundamentos ideológicos y jurídicos de la familia y el orden familiar, de la transmisión patrimonial…”[15]. En efecto, si, como hemos explicado, el matrimonio ha servido para fijar derechos y obligaciones o para organizar la sociedad de cierta manera y en este sentido ha cambiado al ritmo que lo hacía la sociedad de la que forma parte, conserva sin embargo una función simbólica intocada: la de naturalizar la heterosexualidad con todas sus consecuencias: roles sexuales, sociales… y  declararla, de esta manera, superior a la homosexualidad; sirve también y al mismo tiempo para dar carta de naturaleza al mito de la complementariedad de los sexos, y de ahí se sigue también la naturalización y garantía de la división sexual del trabajo. Todo esto se presenta dentro de un determinado ceremonial (ceremonial con aspecto de sagrado, aunque sea civil) que le confiere un determinado peso  cultural. Es por todo esto que pensamos que el matrimonio entre personas  del mismo sexo es, en realidad, un oxímoron. El matrimonio o es heterosexual, o es otra cosa, quizá, como nosotras lo entendemos, es un desbordamiento de determinada estructura social y sexual.

El matrimonio homosexual como oxímoron

El matrimonio entre personas del mismo sexo es una contradictio in terminis porque el matrimonio y la familia sólo pueden ser heterosexuales. O son heterosexuales o todo el entramado amenaza ruina. Como bien decían los conservadores cuando defendían en España que el matrimonio homosexual adoptara otro nombre: “el matrimonio sólo puede ser entre un hombre y una mujer. Lo otro será otra cosa”. En realidad, tenían razón por mucho que los activistas lo negáramos entonces. No hay duda de que la construcción patriarcal se levanta sobre el mito del dimorfismo sexual, su complementariedad, su imbricación en un supuesto orden natural, la división sexual del trabajo y la superioridad de un sexo sobre otro… La institución matrimonial desde su origen está fundada  -y es base al mismo tiempo de-  un concepto naturalista, esencialista,  del sexo y el género. Además de todas sus funciones materiales y prácticas, el matrimonio ha servido históricamente para vincular sexo, género, heterosexualidad y naturaleza. Es eso lo que está en juego, nada menos. En realidad eran los conservadores,  la iglesia católica, los defensores a ultranza del matrimonio tradicional, los que alcanzaron a comprender esta potencialidad, y por tanto el peligro que se cernía para el orden que ellos defienden con la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo. De ahí su encarnizamiento en la defensa del termino “matrimonio” como de uso exclusivo de quienes defienden la concepción tradicional del mismo.

El matrimonio entre personas del mismo sexo visibiliza de manera muy gráfica el carácter histórico y contingente de esta institución que a pesar de todos los cambios sufridos y por importantes que éstos sean,  mientras siga manteniendo la exclusividad heterosexual, podrá, de alguna manera cobijar en su seno, la ideología naturalista y con ella la ideología de la complementariedad (y subordinación al mismo tiempo) de géneros y sexos.  Con la ruptura que supone la homosexualización del matrimonio se desmonta la falacia naturalista al visibilizarse de manera evidente que aquel es una institución política cuyo contenido no está fijado de antemano, sino que será la sociedad de la que surja la que determine en cada momento lo que es, lo que quiere que sea y que, en ese sentido, no tiene por qué haber límites; visibiliza también que la homosexualidad es tan viable socialmente, tan legítima, como la heterosexualidad; y, por último, visibiliza también que el matrimonio, como institución social que es no tiene nada que ver con ninguna iglesia, que tendrá cada una sus ritos matrimoniales propios, que serán los que sean, pero que no tienen que ver con lo que la sociedad decida que es el matrimonio.

También la complementariedad de sexos pierde su significado histórico. En el matrimonio entre personas del mismo sexo dicha complementariedad no significa nada; la división sexual del trabajo desaparece. La eterna pregunta ¿quién hace de hombre o de mujer? carece de sentido: ¿Quién hace la compra, quién limpia, cuida a los niños, a los enfermos, dependientes, quien gana el dinero?  Pues el que pueda, el que quiera, el que más le guste, el que tenga más tiempo, o bien todo se hace repartiendo el trabajo. Ahora la distribución de papeles, roles y trabajos se hace en función no del sexo, sino de los gustos y capacidades, y no sólo de una manera real, sino también en el imaginario colectivo. Por primera vez en la historia, en lo que hace al imaginario, el matrimonio es un contrato entre iguales; un contrato en el que los roles sexuales, la división del trabajo y de la intimidad, las relaciones con los niños, con los mayores y las personas dependientes van a ser repartidos dependiendo de los gustos o de las habilidades de cada uno y no según el sexo.

El matrimonio entre personas del mismo sexo supone también una ruptura visible en la relación entre matrimonio y procreación y, aun más, entre heterosexualidad y procreación. Porque si bien es cierto que esa relación ya estaba rota en la práctica, no lo estaba, ni lo está en el pensamiento común; la prueba es que a lo largo del debate, y siempre que surge la cuestión, la procreación se sigue utilizando como argumento que se supone hace que la heterosexualidad sea superior a la homosexualidad y por lo tanto, merecedora de un mayor reconocimiento: el del matrimonio heterosexual, precisamente.  Y no sólo eso sino que, además, (y sin querer ahondar en algo que excede con mucho la extensión de este trabajo) recordemos que la mayoría de las nociones de subjetivación que manejamos, y que proceden del psicoanálisis, se construyen en el espacio de la familia heterosexual: el complejo de Edipo, castración, falo… En este sentido se pregunta Eribon: “¿Por qué no imaginar que el matrimonio homosexual (…) lejos de ser otro intento de atar el inconsciente a la familia (…) es una de esas conexiones del deseo con la política y las transformaciones del mundo contemporáneo?”[16]

Dicho todo esto, se entienden las protestas de la Iglesia y de los sectores conservadores cuando afirmaban enfáticamente que el matrimonio se devaluaba con la ampliación a gays y lesbianas. Si entendemos que el matrimonio ha sido una de las más importantes instituciones heteronormativas-cognitivas de la historia, podemos pensar que como herramienta ideológica del heterosexismo puede llegar a dejar de ser útil para imponer determinadas visiones sociales.  Y si no es útil simbólicamente ni lo es prácticamente..¿quién querrá casarse?[17]. El matrimonio entre personas del mismo sexo arrebata a la heterosexualidad el privilegio de la legitimidad social, económica y moral y puede suponer también nuevos modos de subjetivación no sujetos a estructuras represivas y desiguales.

El matrimonio en su versión española que permite que se constituyan como familia, con los mismos derechos, el mismo nombre, el mismo estatus social,  dos hombres (con pene)  o dos mujeres (con vagina), pero también un hombre con pene y un hombre sin pene y con vagina, una mujer con pene y otra con vagina, dos mujeres con pene, dos hombres sin él, una persona con vagina, con nombre de mujer y barba…y un hombre con pechos femeninos y pene… así todas las combinaciones que se nos ocurran; y todas estas combinaciones pueden tener y educar hijos e hijas.

Para conseguir una revolución en el orden heterosexista hay que continuar. Si el matrimonio ya no tiene nada que ver con la biología, ni con la procreación, ni con el sexo, ni con el género…¿por qué tienen que contraerlo dos personas? ¿por qué no tres o cuatro? Èse es el camino.

 

BIBLIOGRAFÍA

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[1] Lgtb es el acrónimo utilizado en España para movimiento de “lesbianas, gays, transexuales y bisexuales”. En América Latina las siglas son otras porque incorporan otras categorías como travestis o transgénero.

[2] Yo misma, Beatriz Gimeno, como Presidenta de la Federación Estatal de lesbianas, gays, Transexuales y Bisexuales de España (FELGTB), fui la persona que visibilizó durante años, ante los medios y los políticos, esta reivindicación,  y también fui  la encargada de negociarla y defenderla hasta su aprobación.

[3] Aquí no quedaría más remedio que admitir (ganada la batalla) que siempre pensé que quienes se oponían al matrimonio homosexual porque éste “desnaturalizaba”  el verdadero matrimonio tenían razón.  Otra cosa es que muchos de nosotros estemos encantados de desnaturalizar esa estructura.

[4] Bourdieu, Pierre, 2000.  La dominación masculina, Barcelona, Anagrama

[5] Un resumen de las influencias del feminismo lesbiano en la teoría queer puede encontrarse en:  Duggan, Lisa, 2006,    “Making it Perfectly Queer” en  Lisa Duggan y Nan Hunter, editoras,  Sex wars: Sexual dissent and Political culture. Routledge, Nueva York.

[6] Este es el tema de mi libro Gimeno, Beatriz, 2005,  Historia y análisis político del lesbianismo. La liberación de una generación. Barcelona, Gedisa

[7] Este es el tema de mi libro Gimeno, Beatriz, 2005,  Historia y análisis político del lesbianismo. La liberación de una generación. Barcelona, Gedisa

[8] “Si bien es cierto que la familia no es más que una palabra, también lo es que se trata de una consigna o mejor, de una categoría, principio colectivo de construcción de la realidad colectiva que toda su fuerza de la garantía que le aporta el Estado y el pensamiento de Estado”. Pierre Bourdieu, 1999, Razones prácticas, Barcelona, Anagrama

[9] Así lo refleja Eribon a propósito del debate que se suscitó en Francia alrededor de la aprobación del PACS. Eribon, D. 2005, Por ese instante frágil…Reflexiones sobre el matrimonio homosexual. Barcelona, Bellaterra.  Eribon nos muestra que  no es una cuestión religiosa aunque en algunos países sea la religión la encargada de dar la batalla ideológica (España, Italia, Latinoamérica…) Sin embargo en países de larga tradición laicista, como Francia, la batalla fue exactamente la misma, sólo que allí la oposición a las leyes de parejas provino de la izquierda que alegaba, sin tapujos, que la familia heterosexual era la defensora del orden simbólico y, por tanto, la encargada de custodiar  la cultura y la civilización.

[11] Fraser, N. y Honneth, A. 2006, ¿Redistribución o reconocimiento? A Coruña, Morata, ..pp. 76 y ss.

[12] Gorz, André, 1967, Strategy for Labour. A Radical Proposal, Boston citado en Fraser, 2006

[13] Aguilar Jiménez, Cristobal (et al.) Nietzsche. Una introducción didáctica a la genealogía de la moral. 200,Valencia, Diálogo.

[14] Una historia del  matrimonio la podemos encontrar en Coontz, Stephanie, 2005, Historia del matrimonio. Cómo el amor conquistó el matrimonio, Barcelona, Gedisa

[15] Eribon, D. 2004

[16] Eribon 2004. p. 108

[17] Recordemos que hay países (algunos de los primeros en reconocer derechos a las parejas lgtb, así como a las parejas no casadas) en los que el número de éstas supera al de las parejas casadas y el número de hijos nacido fuera del matrimonio al de nacidos dentro.

Escrito con Violeta Barrientos

Revista Iconos. Flacso. Ecuador

Número sobre “ciudadanía y sexualidad” 2009

 

 

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