Contra el género


Cuando en los años 60 el feminismo tomaba la palabra activamente y también lo hacía, poco después, el pensamiento gay-lésbico, uno de los objetivos que ambos compartían era acabar con el género o por lo menos, difuminar esa frontera que divide, de una manera interesada, a la humanidad en dos mitades absolutas, irreconciliables y opuestas. Hace poco me encontraba en una Mesa Redonda en la cual uno de los contertulios afirmaba tranquilamente que los roles de género han desaparecido. ¡Ahí queda eso! Desde luego no han desaparecido y lo único que ha desaparecido de nuestra vista es la necesidad de combatirlos; tanto desde el campo del feminismo, desde donde han aparecido voces glorificando el género (femenino en este caso), como desde el movimiento o la comunidad gay, que, si no desde el pensamiento si que desde la práctica cotidiana se dedica a dejar bien claro que los gays, cuanto más masculinos mejor. Cuando una cultura o una comunidad como es el caso, se dedica a glorificar lo masculino, su correlato inmediato es una desvalorización de lo femenino. Eso está ocurriendo ahora en el movimiento gay. Pero tampoco es demasiado tranquilizadora la lectura de tantas pensadoras feministas empeñadas en glorificar lo femenino a costa de lo masculino; claro que en este caso es menos peligroso porque dicho pensamiento no tiene ninguna posibilidad de triunfar, con lo que ellos no corren ningún peligro y, dicho sea de paso, nosotras tampoco.

A mi contertulio de aquella Mesa Redonda le contesté que el género estaba más vivo que nunca, más que nunca inscrito en nuestros cuerpos. El  género fue combatido, por ejemplo, por el movimiento hippie (movimiento cuya importancia no ha sido suficientemente reconocida) cuando sus integrantes pugnaban por compartir valores, subjetividades e incluso indumentarias. No ahora, cuando hombres que han esculpido cada centímetro de su cuerpo y su cerebro se enfrentan a mujeres que esculpen también su femineidad a golpe de quirófano, dinero o indumentaria y, por supuesto, valores.

Hace poco leí un estudio científico que afirmaba que hombres y mujeres somos iguales en un 95%. Las diferencias físicas apenas alcanzan a un 5% de nuestro cuerpo. Las diferencias de tamaño de nuestros órganos no son importantes ya que también entre los dos sexos existen acusadas diferencias de tamaño, peso, masa muscular, etc. Somos mucho más parecidos que diferentes y, no obstante, sobre esa pequeña diferencia hemos edificado una impresionante estructura cultural que ha dividido a la raza humana en dos mitades que parecen destinadas a no encontrar siquiera un punto de convergencia. Hombres y mujeres somos absolutamente diferentes pero, además, esas dos mitades están,  por supuesto, jerarquizadas. Una mitad es más valorada cultural y socialmente que la otra. Nuestros cuerpos se construyen para resaltar las diferencias, los valores se adscriben a las personas según uno esté en una mitad o en la otra, nuestra subjetividad, lo que en definitiva nos permite saber lo que somos, se modela de manera diferente según estemos en uno u otro lado. Es injusto para todos, es además mentira, produce en muchas personas dolor y sufrimiento. Gays y lesbianas nos encontramos en una posición privilegiada para combatir un orden simbólico que nos constriñe a todos y especialmente a todas. Desgraciadamente, parte de la comunidad gay ha optado por glorificar la masculinidad sin saber que, hagan lo que hagan, no dejarán de ser despreciados y asociados, aunque sea vagamente, a algo femenino que la sociedad, y ellos también, desprecia profundamente. Todos nosotros tendríamos que estar unidos para combatir ese maldito corsé que nos esclaviza que es el género. Más allá de los derechos legales, la homofobia, el machismo y la misoginia continuarán actuando libremente si no nos convencemos de que el enemigo puede estar creciendo en nosotr@s mism@s. La biología no es, no puede ser un destino; contra eso tenemos que rebelarnos todos.

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