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Contra el odio y el uso perverso del delito de odio


Me entero a media tarde, mientras escribo este artículo, de que el joven que denunció la agresión homófoba se ha retractado. Apenas me hace falta retocar el artículo porque llevamos un aumento real de agresiones lgtbifóbicas y porque a media tarde salió el portavoz de Vox amenazando a todo el mundo con denuncias por delitos de odio. Soy consciente de para qué se va a utilizar este falso caso: para lo mismo que el 0,01% de denuncias falsas por violencia machista, para ocultar el aumento real de agresiones homófobas y transfóbicas, incluyendo un asesinato, para que la derecha culpe al Gobierno y para que Vox se victimice.

Las agresiones y el discurso de odio lgtbifóbico han crecido exponencialmente en los últimos meses. En los últimos días ha habido varias, en Toledo, Castellón, Melilla y Vitoria (y no nos olvidemos de Samuel). Las agresiones nunca han desaparecido del todo pero el clima social era otro. El otro día en la encuesta de YouGov en la que España salía como el país que mejor acepta a las personas LGTB mucha gente, la inmensa mayoría, sentimos un enorme orgullo de país. Hubo personas entonces que dijeron que esa encuesta no era real o que no reflejaba bien los datos. Quienes llevamos años trabajando con la cuestión LGTB sabemos que es real en la medida en la que estas estas encuestas reflejan siempre una realidad parcial. Hay otras, desde el Eurobarómetro a las encuestas de Pew Research Center, que apuntan en la misma dirección. Lo que dichas encuestas expresan es una firme voluntad real; como poco, expresan el país en el que queremos vernos reflejados.

La violencia contra los colectivos vulnerables no surge de la nada y los discursos que la sustentan tienen una clara intencionalidad política. Buscan, precisamente, romper esos consensos básicos que muestran las encuestas. Estamos asistiendo a una reacción, en el mas puro sentido del término; a un intento de retroceder por parte de partes de la sociedad española, minoritarias, aisladas, pero poderosas, que no aceptan estos avances. La reacción prende con más facilidad ante avances que una parte de la sociedad puede llegar a percibir como “excesivos” o peligrosos porque parecen poner en peligro un statu quo que se da por natural y apolítico. Quienes se manejan en un marco político o vital conservador no se vuelven lgtbfriendly de un día para otro, pero aprenden que algunas opiniones no están bien vistas o no tienen suficiente aceptación. Y se abstienen de expresarlas, como explicaba Noelle-Neumann. Es posible que, además, aprendan a darle a esas cuestiones menos importancia. Los reaccionarios tratan en definitiva de reconfigurar los marcos mentales. Las cuestiones de la igualdad y de la aceptación de las minorías “tiran” de muchas otras y para la extrema derecha es básico imponer un sentido común diferente. Cuanto más feminista sea una sociedad, cuanto más inclusiva, cuanto menos racista, más sensible será a los derechos civiles, por ejemplo, a los derechos humanos, más sensible a la igualdad y más intolerante con la desigualdad.

Los discursos de odio están todos ellos relacionados, igual que las reivindicaciones igualitarias. Son una gramática de la sociedad, una forma de comunicar y de actuar socialmente, sea desde la rabia, el odio o el miedo, que son siempre conservadores o desde la empatía, la igualdad o la justicia, que son la base de cualquier proyecto progresista. Y por eso, para imponer su agenda, los reaccionarios buscan romper esos consensos, canalizar la frustración social a través de los discursos de odio y establecer un clima de rabia, de miedo, de crispación y permanente conflicto. Todos estos discursos son el mismo, todos pasan por la deshumanización de un grupo social vulnerable, fácilmente identificable y que ya cuenta con cierto estigma social; todos pasan por entender los derechos ganados como derechos que se arrebatan a otros mayoritarios, todos pasan por cosificar a un grupo amplio como si todos sus miembros fueran intercambiables, como si compartieran las mismas características peligrosas. Que los discursos de odio se transformen en violencia depende de muchos factores, algunos complicados de medir. Uno de estos factores es el clima social. El clima social hace que la gente, los medios, los portavoces sociales, las leyes…que todo confluya en la deslegitimación o legitimación de los discursos de desigualdad.

Cuando los discursos de odio se expresan no hace falta que inciten a la violencia directamente, de hecho, se pueden presentar como otra cosa completamente diferente sabiendo como va a ser interpretado por determinadas personas. Es lo que se llama políticas “dog-whistle”, algo en lo que los republicanos en EEUU son maestros. Cuando alguien con legitimidad, como un político/a, un líder de opinión, una persona conocida, expresa abiertamente o incluso disimuladamente aquello que hasta ahora se quedaba en el ámbito personal, es como si se abriera una puerta. Que se abra más o menos dependerá de cómo reaccione la sociedad y sus representantes. Si la condena a dichos discursos es unánime y es real, si los medios de comunicación son responsables y condenan también dichos discursos y desde luego cualquier atisbo de violencia; si, sobre todo, son los líderes de sectores más conservadores quienes se dirigen a los suyos para advertirles que los discursos de odio no son admisibles en democracia (como hace Merkel claramente en Alemania), si la mayoría de los medios se ponen del lado de los derechos humanos claramente, entonces es posible restaurar el clima social; si no, será complicado y todo puede empeorar. El clima social es de una fragilidad cristalina y una vez roto es muy difícil recomponerlo.

Y aun no son sólo los discursos de odio los culpables de que el clima social contra los colectivos vulnerables, empeore. Algunas instituciones tienen una enorme capacidad para contener el empeoramiento de este clima o, por el contrario, para alentarlo con la inacción. Hay instituciones que son clave y que no están a la altura: una parte de la judicatura, la fiscalía y la policía, por ejemplo. Un estado democrático no puede ser equidistante entre los grupos que difunden el odio y quienes lo combaten. Aquí se ha permitido demasiado tiempo que se utilice de forma espuria el delito de odio para perseguir ideológicamente a quienes, de manera equivocada o no, que esa es otra cuestión, se oponen al nazismo, al racismo, a la homofobia… al machismo desde luego. No se puede aplicar un delito de “odio ideológico” para quienes se oponen a discursos machistas, racistas, homofóbicos o aporofóbicos; no es un delito, ni es “odio ideológico”, es lo normal, es lo democrático, es la única opción aceptable. Un policía no puede ser víctima de un agravante por delito de odio, ni un nazi.

El otro día Espinosa de los Monteros amenazaba con perseguir por delito de odio a quien vincula a Vox con la violencia. El discurso de Vox es racista y deshumanizador de grupos vulnerables y condenarlo no sería, en ninguna democracia, delito de odio. Que esto sea posible es una anomalía que aquí se ha permitido. La figura del delito de odio se crea para proteger a personas en situación de vulnerabilidad en función de una característica personal dentro de un determinado contexto social, histórico y cultural. Que no se entienda esto, además de que demuestra que el delito de odio no está bien tipificado, indica también hasta qué punto pervive en una parte de algunas de nuestras instituciones la peregrina idea de que franquismo y antifranquismo pueden llegar a ser siquiera parecidos, feminismo y antifeminismo…racismo y antirracismo. No podemos permitir que no se entienda (que no se quiera entender) lo que es un discurso de odio y que se pretenda, además, utilizar este tipo penal para la persecución ideológica de aquellos que, precisamente, combaten al odio. Es un absoluto despropósito y de esto no es responsable únicamente Vox.

Solemos decir también que la intervención en educación es imprescindible para estigmatizar el odio al diferente y prevenir la violencia; y debería serlo. Socializar en la empatía por los otros diferentes no es difícil, pero España tiene un serio problema en el diseño de su ecosistema educativo en el que, al contrario que en la mayor parte de Europa, se dejó en manos privadas y confesionales el control de la escuela. Y esto no se ha revertido, sino al contrario. No nos engañemos. La escuela es un campo de batalla en donde el ideario reaccionario ha depositado, en todo el mundo, la pervivencia y enseñanza de sus ideales de exclusión y desigualdad. El hecho de que en otros países europeos la escuela sea sobre todo pública, es un factor fundamental para homogeneizar ideales básicos de democracia, para consolidar un sentido común cívico compartido. Eso es muy difícil hacerlo posible aquí, y este es uno de los problemas fundamentales que tenemos tanto las feministas como el activismo LGTB, como el antirracismo, como cualquiera que pretenda enseñar valores cívicos de democracia. En España, intentar hablar en la escuela de educación afectivo sexual o de igualdad (ambas cosas imprescindibles) genera la explosión de la reacción, casi igual que en Brasil, pero a años luz de cualquier país europeo democrático.

Y al final, siempre está la política. El Partido Popular ha entrado en una deriva profundamente reaccionaria que le lleva a buscar a toda costa el voto de la ultraderecha, suponiendo que sus votos moderados están seguros. Para ello este partido ha renunciado a reivindicar su contribución a la construcción de consensos democráticos y ha pasado a reivindicar directamente el franquismo, lo peor de nuestra historia, lo más doloroso, lo más oscuro, aquello que en cualquier democracia estaría proscrito social y políticamente. Esa deriva nos llevará a discursos cada vez más agresivos contra las minorías vulnerables y aumentará la violencia y, gracias a Vox, el PP no tiene siquiera que enunciarlos, les puede bastar con no deslegitimarlos.

Quien piense que se puede separar el discurso de odio a un colectivo de otros está equivocado; el odio y la violencia se extienden como la peste, contaminan el clima social y político, expanden la crispación contra todo, termina alcanzando a todo el mundo y ahí solo pueden ganar quienes promueven dicho clima. Alcanza a las instituciones, a los discursos públicos, a la visibilidad, a los derechos, a la libertad individual, a las libertades públicas, a la cultura, a la ciencia, todo se retrae, se empequeñece y se oscurece cuando el odio se expande. Y nunca se sabe cómo acaba.

Publicado en eldiario.es

Por Beatriz Gimeno

Nací en Madrid y dedico lo más importante de mi tiempo al activismo feminista y social. Hoy, sin embargo, soy un cargo público. Estoy en Podemos desde el principio y he ocupado diversos cargos en el partido. He sido Consejera Ciudadana Autonómica y Estatal. Del 2015 al 2020 fui diputada en la Asamblea de Madrid y ahora soy Directora del Instituto de la Mujer. Sigo prefiriendo Facebook a cualquier otra red. Será la edad.
Tuve la inmensa suerte de ser la presidenta de la FELGTB en el periodo en que se aprobó el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género. He dado lo mejor de mí al activismo, pero el activismo me lo ha devuelto con creces.
Estudié algo muy práctico, filología bíblica, así que me mido bien con la Iglesia Católica en su propio terreno, cosa que me ocurre muy a menudo porque soy atea y milito en la causa del laicismo.
El tiempo que no milito en nada lo dedico a escribir. He publicado libros de relatos, novelas, ensayos y poemarios. Colaboro habitualmente con diarios como www.eldiario.es o www.publico.es entre otros. Además colaboro en la revista feminista www.pikaramagazine.com, así como en otros medios. Doy algunas clases de género, conferencias por aquí y por allá, cursos…El útimo que he publicado ha resultado polémico pero, sin embargo es el que más satisfacciones me ha dado. Este es “Lactancia materna: Política e Identidad” en la editorial Cátedra.

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