El feminicidio invisible: feminicidio por prostitución


Esta entrada reproduce el artículo publicado en el libro “Feminicidio” editado por Graciela Atencio y publicado por Catarata en 2015.

 

 

 

I-El feminicidio en el neoliberalismo

En las últimas décadas estamos asistiendo a un proceso social dentro del patriarcado que tiene como una de sus manifestaciones extremas el feminicidio, término que introdujo la antropóloga mexicana Marcela Lagarde[1] y que se ha convertido en una categoría de análisis imprescindible dentro del feminismo.

“El feminicidio es el genocidio contra mujeres y sucede cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales que permiten atentados contra la integridad, la salud, las libertades y la vida de las mujeres. En el feminicidio concurren en tiempo y espacio, daños contra mujeres realizados por conocidos y desconocidos, por violentos, violadores y asesinos individuales y grupales, ocasionales o profesionales, que conducen a la muerte cruel de algunas de las víctimas. No todos los crímenes son concertados o realizados por asesinos seriales: los hay seriales e individuales, algunos son cometidos por conocidos: parejas, parientes, novios, esposos, acompañantes, familiares, visitas, colegas y compañeros de trabajo; también son perpetrados por desconocidos y anónimos, y por grupos mafiosos de delincuentes ligados a modos de vida violentos y criminales. Sin embargo, todos tienen en común que las mujeres son usables, prescindibles, maltratables y deshechables. Y, desde luego, todos coinciden en su infinita crueldad y son, de hecho, crímenes de odio contra las mujeres” Marcela Lagarde

Se trata de una traducción no literal del término inglés Femicide [2]al que Lagarde ha dotado de un contenido que va más allá de lo descriptivo; de un contenido ideológico. Femicidio, término que se utiliza preferentemente en algunos otros países de América Latina, habla de los asesinatos de mujeres por el hecho de serlo, de lo que conocemos como violencia de género. Feminicidio trata de incluir también el análisis de la construcción social de esta violencia, así como el papel del estado en la misma. Feminicidio incluye así la responsabilidad de los estados en la lucha contra esta violencia y la necesidad de políticas públicas para erradicarla. Femicidio, en cambio, trata de nombrar los crímenes de género en los que el estado no es cómplice, donde el estado no mira para otro lado. Desde mi propia perspectiva feminista asumo que puede distinguirse entre asesinatos de mujeres en los que el estado es directamente cómplice por acción u omisión, como en el caso de los asesinatos en Campo Algodonero[3], y aquellos otros en los que el estado parece no tener nada que ver y que son producto de la violencia de hombres concretos que, además, son perseguidos por la ley. Sin embargo, soy de la opinión de que los estados si bien no todos son cómplices, nunca hacen todo lo que debieran, o todo lo que podrían,  contra esta violencia. No hay estado alguno que otorgue a estos asesinatos la misma importancia que da a otras violencias, singularmente a aquella que atenta contra el propio estado, como es el caso de la violencia terrorista. En ese sentido,  aunque sea por omisión, todos los estados son cómplices en distinta medida del feminicidio y por eso este término me parece que es el más apropiado para los asesinatos sistémicos contra las mujeres que son asesinadas sólo por ser mujeres.

Es cierto que lo que hoy llamamos “malos tratos” han existido siempre aunque ignoremos su prevalencia histórica real. Suele decirse que el número de asesinatos a mujeres se ha mantenido siempre en niveles similares, sólo que antes no se hacían públicos ni se llevaba un recuento de los casos. Era una situación perfectamente naturalizada. Es complicado comparar la situación de ahora con la de hace 100 o 500 años porque la violencia de género históricamente no se ha considerado un crimen y se vivía privada y secretamente, mientras que desde que el feminismo desveló sus naturaleza estructural y sistémica se denuncia, se persigue y sobre ella existen múltiples estadísticas y estudios siempre puestos al día. En todo caso, y aunque el asesinato de la propia mujer nunca fue un delito grave y en muchos lugares era algo incluso permitido por las leyes en determinadas circunstancias, tampoco ha sido lo habitual en ninguna sociedad y, por el contrario, siempre ha sido contemplado como una disfuncionalidad incluso en los patriarcados más coercitivos.

La violencia extrema de género no ha sido lo habitual excepto en momentos históricos concretos, como las guerras o determinados periodos históricos de convulsión social, especialmente cuando esa  convulsión afecta a las relaciones entre los géneros. Es decir, cuando los roles de género se mueven o amenazan con moverse, toda la sociedad se convulsiona y el patriarcado responde con violencia extrema contra las mujeres. Y es posible que ahora nos encontremos en uno de esos momentos. Lagarde ha definido el momento actual como de  “brutalización del patriarcado” y Rita Segato asegura que las mujeres nunca han sufrido tanta violencia como en la posmodernidad [4] . En contra de la opinión de muchas feministas que mantienen que siempre ha habido niveles parecidos de violencia contra las mujeres, otras sostienen que, por el contrario, nos encontramos en un momento en el que esta violencia se ha disparado. Por una parte, el feminicidio íntimo, el que ocurre dentro de la familia, aquel en el que el asesino es familiar, pareja o marido de la víctima, es el que conocemos en los países desarrollados y el que históricamente es más frecuente.

Pero el feminicidio al que se refieren Lagarde o Segato es un comportamiento propio de esta época. Es aquel que comienza a producirse a partir de los años 80 contra mujeres a los que los asesinos no conocían previamente. Se trata de asesinatos masivos, extremadamente crueles y, aparentemente sin motivo alguno.  Son los asesinatos masivos de mujeres en algunos países latinoamericanos y que están muy relacionados con la aparición del neoliberalismo y su reorganización de las relaciones familiares, sociales, económicas y sexuales. Estos asesinatos, también los que se producen en el interior de la familia, podemos considerar que son la respuesta patriarcal a un cambio profundo en los roles sociales/sexuales provocado tanto por las luchas feministas de los últimos 50 años,  como por los cambios introducidos en las familias y en la organización económica por el neoliberalismo. Esta nueva organización económica ha roto las antiguas costuras de las familias tradicionales, ha feminizado a los hombres al precarizarlos como si fuesen mujeres y al expulsarles del sitio, que creían suyo, de proveedores familiares exclusivos.

Dice Segato: “La mujer muere en el espacio doméstico por la gran lucha, la gran tensión entre los géneros, porque el hombre está masacrado, emasculado por el capitalismo contemporáneo. La presión sobre el sujeto masculino es enorme, y éste se restaura como masculino también mediante la violencia. Restaura dentro de casa la masculinidad que pierde fuera de casa. Pero también la mujer muere en otras esferas. Por ejemplo, en las estadísticas de Bolivia entre 1 de enero y el 31 de agosto de 2011, de todos los asesinatos cometidos, 62,5% son de mujeres, y menos del 51% ocurren en el espacio doméstico; el otro 49% ocurren en otro lugar y eso nuestras categorías no lo alcanzan a ver. Muchos de esos óbitos, que, cada vez más ocurren fuera del ambiente doméstico, son de mujeres que mueren en las guerras informales de la segunda realidad, esfera en que las mujeres y, en algunos casos, niñas, son torturadas, violentadas sexualmente, asesinadas como espectáculo de la soberanía de quien tiene el control territorial en esas guerras que nunca empiezan y nunca terminan, que son guerras continuas, sin declaración y sin armisticio, sin victorias ni derrotas más que transitorias. La impunidad y discrecionalidad de lo que se puede hacer con el cuerpo de las mujeres como el lugar donde se implanta la insignia de la soberanía expresa el control territorial en la modalidad mafiosa de las nuevas guerras informales”

El patriarcado se ha encontrado acosado en muchos frentes; los roles de género se están moviendo y eso genera una enrome tensión social y también individual. No olvidemos que el patriarcado es un sistema social pero es también la manera en que se construyen las subjetividades dentro de ese sistema. Y las tensiones producidas en los últimos años han producido una profunda convulsión en los roles de género que por fuerza ha tenido que afectar a la manera en que nos construimos como hombres y como mujeres. Las mujeres no sólo se han tenido que adaptar a un nuevo rol femenino, sino que la mayoría ha luchado por ganar ese nuevo espacio para ellas. Muchos hombres, en cambio, no han podido adaptarse porque la socialización de género masculina es mucho más rígida, mucho menos adaptable, pero también porque no ha existido nunca por parte de la mayoría de los estados una auténtica intención de favorecer la igualdad de género por medio de la educación o de políticas públicas que favorezcan el cambio. Además, los hombres, al contrario que las mujeres no tienen nada que ganar con la igualdad, sino que al contrario, se han visto atrapados en una situación en la que se ven empobrecidos debido a la implantación de las políticas neoliberales injustas por una parte y en la que, por otra parte, han perdido también su papel preponderante en la familia. Demasiadas pérdidas para quienes han construido su masculinidad sobre un poder que se está quebrando.

Segato sostiene que la violencia masculina es expresiva, no instrumental, que lo que pretende simplemente es expresar dominación, una soberanía territorial sobre un territorio-cuerpo emblemático; un territorio en sentido político. Un territorio del que muchos hombres se están sintiendo expulsados en las últimas décadas. Por eso han encontrado en el uso de la violencia, tanto individual como grupal, a través de las bandas organizadas, una manera de expresar su rabia y de empoderarse sobre un territorio-cuerpo.

(…)la violencia sexual tiene componentes mucho más expresivos que instrumentales, no persigue un fin, no es para obtener un servicio. La violencia sexual es expresiva. La agresión al cuerpo de una mujer, sexual, física, expresa una dominación, una soberanía territorial, sobre un territorio–cuerpo emblemático.[5]

La absoluta desregulación neoliberal ha traído consigo el debilitamiento de todas las mediaciones políticas en beneficio de las lógicas del mercado y eso ha provocado, además de los cambios mencionados en la familia tradicional y el consecuente movimiento de roles, una absoluta desvalorización de los cuerpos, que se han convertido en desechables, fácilmente sustituibles. La debilidad de los estados frente al modelo económico ha creado estados paralelos gobernados por negocios transnacionales cuyas únicas lógicas son las mercantiles, pero no sólo. Son los estados de la mafia, de la droga o del crimen organizado  que vienen a suplantar al estado nación pero con la única ley del enriquecimiento como objetivo y sin ningún tipo de cortapisa legal o moral, como tenían los estados nación tradicionales. Por el contrario, en estos estados ilegales, la vida no vale nada y menos aun la de las mujeres. Hay cuerpos, como los de algunas mujeres pobres, cuyo valor en el mercado laboral es casi nulo y que valen más asesinados –convertidos en marca simbólica de poder o territorialización, o amenaza, que vivos. En muchos de estos estados ilegales el feminicidio se ha convertido en genocidio femenino. Por una parte, está esa violencia expresiva de la que habla Segato, y por otra sucede que el capitalismo, el capitalismo gore, como lo llama Sayak Valencia[6] utiliza como fuente de legitimidad una determinada masculinidad; la masculinidad detentada por aquellos hombres “que (…) contribuyen al sostén del poder de la masculinidad hegemónica. Esta masculinidad se basa en la obediencia  a la masculinidad hegemónica, capitalista, y heteropatriarcal [7], y se muestra incapaz de aceptar los cambios que se proponen desde el feminismo o incluso desde la globalización, sino que por el contrario los viven como distopía. La violencia contra las mujeres se convierte incluso en parte del negocio en algunos de estos países, en parte del alimento vital de las bandas o de las masculinidades siempre frágiles de sus miembros. Es cuando estos cuerpos desechables de las mujeres se convierten en el propio campo de batalla sobre el que se libra el combate de los cambios sociales y económicos.

“ (…) comencé a decir que el  cuerpo de las mujeres era el propio campo de batalla donde se plantaban las banderas del control territorial, jurisdiccional, donde las nuevas corporaciones armadas en las modalidades mafiosas de la guerra no convencional, emitían los signos de sus siempre fugaces victorias, de su capacidad de soberanía jurisdiccional e impunidad, y también comencé a pensar en los porqués del cuerpo como ese bastidor en que se cuelgan insignias. También vi, que el cuerpo es nuestro último espacio de soberanía, lo último que controlamos cuando todas nuestras posesiones están perdidas. Las afinidades semánticas entre cuerpo y territorio, dentro del paradigma colonial, son infinitas…[8]

Con ese uso del cuerpo femenino hasta la muerte, estos hombres pretenden demostrar muchas cosas: marcar el territorio, demostrar masculinidad individual y de grupo, horrorizar y humillar al enemigo, expresar su frustración y su rabia, controlar a sus propias mujeres…usar a las mujeres como botín y como muestra de brutalidad. De la misma manera que las convulsiones religiosas y el nacimiento del capitalismo vino acompañado de la matanza de las brujas, a través de la cual puede intuirse el nacimiento de un nuevo orden [9], ahora también el feminicidio deja ver claramente la instauración de un neoliberalismo extremo que tiene en el patriarcado a una de sus mayores apoyos.

 

II- La prostitución en el neoliberalismo

Así pues, el patriarcado neoliberal extrema la violencia de género contra las mujeres como una respuesta a las nuevas condiciones de vida, más que como una herramienta. Para poder hacer esto, antes de matarlas las ha deshumanizado absolutamente y cosificado como nunca antes.  La cosificación no sólo hace más fácil matarlas, sino que hace más fácil también convertirlas en mercancía. Hay que tener en cuenta que la violencia, el uso de la fuerza, es uno de los soportes de la dominación masculina, pero no es el único. Todos los sistemas de dominación se basan también en la fuerza, pero si son sistemas de dominación asentados, lo cierto es que la fuerza es siempre la última ratio; no necesitan usarla de manera desproporcionada. El patriarcado es un sistema, como bien remarcó Kate Millet, basado en un entramado muy complejo de relaciones entre mujeres y varones.[10] El patriarcado necesita de cierto grado de complicidad por parte de las mujeres, a las que suele ofrecer algunas compensaciones a cambio de la aceptación de su rol secundario. Aunque la amenaza del daño físico está siempre presente, y como tal es un mecanismo de control de todas las mujeres,  no puede utilizarse todo el tiempo o, de lo contrario se hubieran desarrollado muchas más resistencias de las que conocemos. Lo normal es que baste con la amenaza del daño (por ejemplo la violación) para que las mujeres se autoregulen solas y procuren no salir de noche, no vestir de determinada manera etc.  En este sentido podemos decir que aunque la amenaza de la violencia es permanente, la violencia como tal y especialmente el asesinato, son una excepción.  Ningún sistema hubiera durado tanto sostenido únicamente en la violencia.

Además, el patriarcado no quiere matar a las mujeres, quiere utilizarlas, como bien sabemos. Y en época neoliberal, donde todo es mercancía, los cuerpos de las mujeres, sus partes, sus órganos y fluidos son mercancía valiosa. La plusvalía que se puede obtener de los cuerpos femeninos cosificados en mercancía y utilizados en aquellas funciones que el patriarcado les tiene encomendadas, es muy alta. La función reproductora y la función sexual son nuevos y muy productivos nichos de negocio. Ya no se trata de situaciones individuales en la que puedan encontrarse determinadas mujeres, sino del nacimiento de enormes transnacionales cuyo beneficio está basado en el uso sexual del cuerpo de las mujeres y, cada vez más, de industrias de la reproducción cuya materia prima son las partes reproductivas de los cuerpos femeninos:  los úteros, los óvulos. Los nuevos mercados relacionados con la reproducción van a ocupar en el futuro mucho de la discusión feminista, el mercado de vientres y de óvulos convertirá en cuerpos reproductores a cientos de miles de mujeres en los países más pobres. Cuerpos gestantes de los hijos de lxs ricxs, granjas de mujeres gestantes,  fábricas de bebés para ser distribuidos a los países ricos. La discusión que ya se está abriendo en el seno del feminismo sobre estos temas lleva camino de centrarse en los mismos aspectos en los que se ha centrado durante años la discusión acerca de la prostitución: los límites del consentimiento y la libertad, sin llegar a ningún punto de acuerdo. Porque no es el consentimiento individual lo que tenemos que discutir (todo consentimiento está viciado en el capitalismo) sino un sistema que convierte a los seres humanos en mercancías, por una parte,  y otro sistema, el patriarcado, que las convierte en objetos sexuales consumibles por los hombres; sin que esta situación sea reversible. Es decir, un sistema que de manera necesaria construye a los hombres como consumidores y a las mujeres como mercancía sexual a consumir.

Antes de que los vientres de alquiler computen en las economías de los países más pobres, ya tenemos que el negocio de la prostitución es de tal envergadura que es capaz de modificar las cifras del PBI de algunos de estos.  Esta prostitución, además, no es la de siempre, la que todo el mundo cree conocer ya que se trata de una institución milenaria que está presente en nuestra cultura prácticamente desde su inicio. La prostitución no es una institución ahistórica, sino al contrario, es una institución muy cambiante y que se adapta a la perfección al tipo de sociedad a la que sirve. De no ser tan adaptativa no hubiera sobrevivido. Si lo ha hecho, si no sólo ha sobrevivido sino que se ha convertido en una de las industrias mundiales más importantes, es porque se ha ido transformando hasta resultar enormemente funcional a esta sociedad neoliberal. Su nueva función es la de reforzar la sensación de poder y dominio que debe acompañar a la masculinidad hegemónica a través del uso misógino de la sexualidad.

Hasta hace relativamente poco la prostitución era una actividad que ejercían individualmente determinadas mujeres.  Era/es una institución basada en una determinada ideología, la ideología sexual patriarcal que construye el deseo sexual masculino como una necesidad natural; como un torrente al que nada se le puede poner por delante. Esa necesidad ha devenido en un derecho; un supuesto derecho masculino a disponer de  cuántas mujeres se quiera para su uso. El uso de la prostitución derivaba de la descompensación entre la ideología sexual que proclama que los hombres necesitan mucho sexo y variado y que prescribe, por el contrario, virginidad a las mujeres solteras y fidelidad a las casadas; todo ello con el objeto de asegurar la legitimidad de los hijos y por tanto la herencia. Para salvar esa dificultad tiene que haber un contingente de mujeres públicas, de todos. Sobre éstas, que no eran de nadie, recaía un poderoso estigma cuya función era la de que ninguna mujer casada deseara la suerte de la prostituta y, así, se conformara con su papel de dominada por el padre, el marido, el hermano.

Para que todo este sistema encajara, además de la construcción cultural y simbólica es necesario, en todo caso, que se produzca una situación material que impida que las mujeres puedan verdaderamente elegir nada. De ahí la dificultad de las mujeres (prácticamente absoluta hasta el siglo XX) para poder sobrevivir en un mundo que crea las suficientes desigualdades estructurales como para que muchas de ellas vean en la prostitución la oportunidad de mejorar o, incluso, la única oportunidad para poder subsistir. Esto es de sobra conocido. La diferencia es que lo que antes era una práctica individual ahora se ha industrializado y convertido en un enorme negocio; en una enorme multinacional del sexo que mueve miles de millones y cuya mercancía son los cuerpos de las mujeres para su uso sexual por parte de los hombres. Como cualquier industria, la del sexo desarrolla algunas características comunes a todas como, por ejemplo, la necesidad de incentivar constantemente la demanda, o la de convertirse en lobby de presión ante las instituciones para conseguir sus objetivos empresariales, que pasan por la regulación del negocio.

La prostitución ya no divide a las mujeres en buenas y malas, como era antes su función. La ideología neoliberal y el feminismo han cambiado eso. A pesar de que los cambios sociales necesitan de mucho tiempo para completarse, no cabe duda de que el estigma que recaía sobre las prostitutas está cambiando. Presionado por una parte por el feminismo, que ha conseguido que cualquier mujer pueda hacer libremente lo que antes era privativo de las prostitutas, este estigma se ve presionado también por el neoliberalismo, que considera que cualquier cosa es susceptible de ser convertida en mercancía, que todo puede venderse, que el mercado es el mejor regulador que existe y que sacar el máximo provecho económico de una(o) misma es propio de emprendedoras y no tiene ninguna connotación negativa, sino al contrario. Por supuesto que esta visión edulcorada enmascara la realidad de explotación y de desigualdad estructural que invalidada cualquier contrato y más aun éste cuyas “firmantes” son personas muy vulnerables, pero funciona y ha cambiado en parte la percepción social de la  prostitución borrando parte del estigma histórico que le acompañaba. En la sociedad posmoderna  no hacer dinero, no sacar el máximo partido de una misma pudiendo hacerlo, es propio de fracasados. Pero la realidad es otra.

Las mujeres, casi por primera vez en la historia, se pertenecen a sí mismas.  Junto con sus derechos humanos y civiles han incorporado  el derecho a disfrutar de su propia vida sexual. Si la prostituta era la única mujer a la que se le suponía sexual y, además, según la fantasías masculina, se dedicaban a la prostitución porque les gustaba el sexo ¿qué es ahora la mujer que hace lo mismo sin cobrar? ¿Cómo afecta a la institución de la prostitución el hecho de que desde mediados del siglo XX millones de mujeres, gracias al feminismo, a los cambios sociales y a los anticonceptivos, entre otros cambios científico-técnicos, estén dispuestas a tener relaciones sexuales sin compromiso, a cambio únicamente de la satisfacción de su propio deseo? Pues, a pesar de lo que era esperable, la nueva libertad de las mujeres afectó a la prostitución en el sentido contrario al que se suponía [11]. Según las mujeres se hacían protagonistas de sus vidas, de su sexualidad también, los sociólogos y sexólogos pronosticaron un inevitable descenso en el uso de la prostitución. Si los hombres usaban de la prostitución porque no tenían (no podían tener) todo el sexo que “necesitaban”, si las mujeres se incorporaban con alegría y libertad a la fiesta del sexo…lo lógico es que el uso de la prostitución fuera disminuyendo hasta terminar convirtiéndose en residual. Y así fue, durante unos años: en los primeros 70. A partir de los 80, con el auge del neoliberalismo, de Reagan y Thatcher, el uso de la prostitución se dispara. Así pues habría que concluir que los hombres no buscaban sexo, como se decía, o no sólo sexo al menos, en la prostitución contemporánea.

Si la prostitución se ha desarrollado de esta manera es porque es profundamente  funcional al sistema patriarcal neoliberal. Y como ocurre con el feminicidio, el uso de la prostitución también se ha brutalizado. Las prostitutas ya no están para satisfacer a los hombres en una supuesta necesidad de sexo que no podía conseguirse de otra manera sino que ahora está ahí para que ellos puedan disponer de un espacio/cuerpo/territorio en el que poder ejercer un determinado tipo de masculinidad que les es negado ejercer en otros espacios y que es constitutiva de su personalidad, sin la que las fronteras de su subjetividad amenazan con diluirse. Precisamente esa masculinidad de la que antes hablamos,  que está siendo acosada/presionada en muchos ámbitos y que busca expresarse, aunque sea brutalmente. En ese sentido, está plenamente justificado decir que la prostitución contemporánea sirve para contener una situación que podríamos llamar como de “pánico sexual masculino”[12] .

La cultura androcéntrica y patriarcal entra en pánico cada vez que las mujeres de manera organizada consiguen mover los roles de género. La reacción patriarcal a ese desafío va siempre en la dirección de fortalecer los roles tradicionales, el binarismo sexual, las jerarquías de sexo/género etc[13]. Y el ejercicio de la sexualidad concreta y particular de cada uno de los hombres cuyo sentido del yo depende en gran parte de los valores asociados a la masculinidad hegemónica es un campo privilegiado para ese refuerzo,  porque la sexualidad es una de las narrativas imprescindibles a través de la cual se forjan y desarrollan las identidades de género y, a través suyo, las personales. La certeza de lo que somos está atada a las dinámicas de género y estás, a su vez, a los imperativos de una determinada manera de vivir la heterosexualidad (o la resistencia a ella)  En ese sentido cualquier amenaza a la certidumbre del género arrastra tras de sí un cierto pánico personal y social. Y hemos visto que estamos en época de incertidumbres sexuales y de género. Es lo que Connell ha denominado “vértigo de género” y otros “histeria masculina”. Dado el control masculino sobre las palancas del poder- a pesar de los años de feminismo- el pánico que se origina a causa de la dislocación de las identidades y las relaciones de género es evidente y se está extendiendo. La visibilidad del feminismo y cierta absorción superficial del mismo después de dos décadas de reivindicación de la igualdad ha creado un creciente pánico de género en los hombres occidentales, a pesar de que pocas mujeres ocupan posiciones de poder real y a pesar de que nuestras ganancias reales, económicas y sociales, están de lejos de situarnos en posiciones de igualdad.  Este pánico genera una reacción que, en el tercio rico del mundo puede verse en la publicidad, el cine, la literatura, el aumento de la violencia de género, el posmachismo y, sobre todo, en el uso y naturalización de la prostitución.

A pesar de lo que muestra la iconografía sexual omnipresente, las polaridades del género se están volviendo más borrosas y las dicotomías de actividad/pasividad, sujeto/objeto, heterosexual/homosexual que hasta ahora han sido la fuente que sustentaba el género a lo largo de la línea masculino/femenino, se encuentran sometidas a mucha tensión. Y cuánto más fijo y menos flexible parece el género, más se incrementa el pánico masculino a cualquier cambio. Así, la demanda de la prostitución es mayor cuanto más sienten ellos que pierden poder real. Y progresivamente, además, el crecimiento de la demanda se hace sobre mujeres cada vez más desempoderadas: pobres, inmigrantes, niñas… No es el sexo lo que está en juego, como bien saben y argumentan las propias prostitutas, sino cierto sentido del yo masculino: el poder. Los hombres no buscan sexo en la prostitución sino ejercer su masculinidad tradicional. El cliente necesita a la prostituta para reafirmar una identidad cifrada en la potencia sexual, el tamaño del pene y la cantidad de mujeres, así como en una capacidad de compra y de dominio que es prerogativa suya y que ellas no tienen.  En la prostitución los hombres pueden ser los hombres que quieren ser, que sueñan con ser, que han aprendido a ser. En ese sentido, la prostitución es uno de los pocos ámbitos que quedan completamente libres de feminismo; es una barrera al feminismo en realidad. Cuando un hombre acude a una prostituta deja de importarle que su mujer gane más que él, que sus hijas no le obedezcan, que en el trabajo tenga una jefa por la que se siente humillado, que ya no pueda acosar tampoco a las mujeres que van solas por la calle; nada de eso importa tanto si al final de la jornada él puede usar sexualmente a una mujer y confirmar así que sigue siendo un hombre de verdad, por más emasculado que le tenga el neoliberalismo y el feminismo.  Todas las presiones sociales que el género está sufriendo a través de multitud de cambios sexuales sociales y económicos, más una permanente incentivación de la demanda por parte de la industria, confluyen en el aumento exponencial del uso de la prostitución con la llegada del neoliberalismo. En ese sentido la prostitución se ha convertido en una válvula de escape, como se ha dicho siempre, pero no de una sexualidad que necesita “descargar” antes de que se produzcan unos supuestos males mayores, sino de una masculinidad que necesita reafirmarse porque otros proyectos éticos la están desarbolando legítimamente. El uso de la prostitución sirve ahora para que la masculinidad hegemónica tenga un refugio seguro y en esa función coincide con la creación de un mercado mundial de mujeres sostenido por una transnacional de los cuerpos.

Y cerrando el círculo, para que muchas mujeres, millones de mujeres en el mundo, estén dispuestas a ocupar ese espacio a pesar de los altos costes personales que supone, el sistema económico-social tiene que crear las condiciones materiales necesarias y ahí el neoliberalismo funciona a la perfección. La feminización de la pobreza, la precariedad laboral femenina, los bajos sueldos, las migraciones globales, los cambios producidos en otros ámbitos sociales y económicos que han dejado a muchas mujeres como únicas cabezas de familia, la incentivación permanente de la demanda y la normalización de esta práctica desde todas las instancias culturales y simbólicas, la naturalización de la ideología que subyace…, todas estas circunstancias proveen de mujeres a ese mercado, a esa industria, a este sistema que es en definitiva un reaseguro del machismo más brutal[14].

III- Feminicidio por prostitución

Prostitución por un lado, violencia por otro y, por supuesto, también juntas. La prostitución es una forma de violencia simbólica que se ejerce contra todas las mujeres y, al mismo tiempo, es una forma de violencia material que puede ejercerse contra la mujer prostituta. La prostitución está rodeada de violencia en todas sus etapas, desde la captación, a la trata, la explotación laboral y sexual y  las prácticas cotidianas. Si hay un grupo de mujeres contra las que la violencia de género se manifiesta en todo su dolor y desigualdad, éstas son las prostitutas. Si hay un asesinato de género, un feminicidio,  paradigmático es este. Porque la prostituta es, en realidad, la mujer sin escapatoria. De alguna manera podríamos decir que es la mujer paradigma de la feminidad patriarcal en la sociedad neoliberal. Es la mujer mercancía, la mujer cosa, la mujer sexualizada al extremo. Es la mujer que sólo sirve para el sexo, la que actúa el rol sexual prescrito patriarcalmente, pero también el rol social de mujer que satisface a los hombres, a todos los hombres y en todos sus deseos; es la que les hace sentir “hombres de verdad”, la que no les cuestiona en nada, la que engorda su vanidad, su masculinidad tradicional. Son las mujeres que obedecen, las que no les discuten, las que nunca dicen no (o así las imaginan ellos); aquellas que permiten que los hombres ejerzan su dominio sobre ellas. Él es, frente a ellas, el gran proveedor: de dinero, de sexo, de placer. En realidad, la relación putero-prostituta es el paradigma de la relación patriarcal hombre/mujer. La otra mujer, la mujer reproductora forma diada con su hijo, y no tanto con el varón adulto.

Merece la pena reseñar que debido a esta característica de mujeres-cosa,  paradigma del rol sexual de las prostitutas y, como tales, recipientes de la misoginia más brutal, los asesinatos de prostitutas se producen en muchas ocasiones con especial ensañamiento. Este enseñamiento terrible con los cadáveres, o las torturas que preceden en ocasiones a los asesinatos, recuerdan las circunstancias que dieron origen al nombre de “feminicidio”; recuerdan los asesinatos de Ciudad Juárez. El feminicidio se produce cuando un hombre o un grupo de ellos asesina a una mujer por el hecho de serlo; es, por tanto, un asesinato de odio misógino y no tiene necesariamente que ocurrir contra una mujer con la que se ha tenido una relación (este es sólo un tipo de feminicidio)  Este odio se desencadena en mayor medida cuando la mujer se rebela de alguna manera o cuando se pone en duda el poder del que el violento cree estar investido justa y legítimamente, aunque esta rebelión sólo esté en la cabeza del misógino. Pero también se desencadena cuando el estado abdica de su responsabilidad y, por el contrario, parece otorgar impunidad a esta violencia.

A pesar de los altos índices de violencia de género que existen en los países del tercio rico del mundo, a pesar de la desigualdad aun persistente, no podemos decir que los crímenes machistas se den aquí en el clima de impunidad que conocemos en otros países menos ricos. A pesar de la extensión de la violencia, la vulnerabilidad de una española o de una norteamericana cualquiera no es comparable con la que padece una mujer pobre de Honduras o Guatemala, por ejemplo. En cambio, las mujeres que ejercen la prostitución en los países desarrollados, al menos las más pobres o las que se encuentran en una situación administrativa irregular, sí se encuentran en una situación de vulnerabilidad mayor. Y es posible que sean ellas las receptoras de algunos casos de violencia misógina extrema; la violencia que despedaza, la que tortura, la que profana los cadáveres. Aun siendo esto así, el feminicidio por prostitución es un tipo de asesinato muy a menudo invisibilizado; invisibilizado incluso por una parte del feminismo.  Las razones de esto son complejas, como todo lo que rodea a la prostitución. Brevemente podríamos aventurar que al feminismo abolicionista tradicional le ha costado entender que dedicarse a la prostitución puede ser una opción razonable dadas determinadas condiciones económico-sociales de las mujeres. Hasta hace relativamente poco tiempo [15] una gran parte del feminismo abolicionista no era capaz de enfrentarse a la circunstancia de que muchas mujeres escogen dedicarse a la prostitución frente a otras alternativas iguales o peores. Ese feminismo abolicionista parecía no querer tener relación con aquellas prostitutas que aseguraran no querer abandonar la prostitución.

Como ya hemos explicado, el feminismo abolicionista ha centrado su discurso hasta hace relativamente poco tiempo en la cuestión de negar validez a cualquier consentimiento otorgado para entrar en prostitución.  Según la mayoría de estas feministas, ese consentimiento se debía siempre a situaciones de pobreza o desigualdad que invalidaban el consentimiento dado.  Pero resultaba difícil entender por qué este cuestionamiento se hacía sólo sobre el consentimiento para prostituirse y  – en un mundo en el que abunda la pobreza extrema y la desigualdad- no se hacía extensivo al consentimiento dado para otros muchos trabajos mal pagados, desagradables, peligrosos etc.  Lo cierto es que, como también hemos dicho, el consentimiento para ejercer la prostitución está viciado de origen, pero ni más ni menos que cualquier otro consentimiento en el neoliberalismo. El contrato neoliberal otorgado en condiciones de desigualdad estructural no es válido, pero no sólo para prostitución[16]. Entender este consentimiento como excepcional hace que parezca que la excepcionalidad que le otorgamos proviene de que se trata de una actividad relacionada con el sexo; podría llegar a parecer que en cuestiones sexuales exigimos un plus de consentimiento. Y en una sociedad que tiende a considerar que todo lo que tenga que ver con el sexo es de por sí liberador, poner tanto énfasis en el asunto del consentimiento sexual ha provocado  que el feminismo abolicionista haya sido percibido durante mucho tiempo como antisexual y, por lo mismo, el regulacionismo haya sido percibido como sexual, con las consecuencias que esta percepción tiene.  Como dice Nancy Fraser claramente, el problema de la prostitución no es la actividad en sí, sino todo el armazón simbólico, cultural, los significados de desigualdad que lleva asociados y que son parte imprescindible de la actividad.   Para Fraser el contrato sexual prostitucional ilumina dimensiones culturales contemporáneas de la dominación masculina y la subordinación femenina que no se pueden pasar por alto. El problema así, no es la actividad en sí, sino los significados codificados que encierra y que dañan a todas las mujeres. Dañan a la igualdad, podríamos decir; la imposibilitan de hecho [17] .

Es cierto que cuestionar el consentimiento dado o no dado por las mujeres en prostitución, además de los problemas antes comentados,  nos conducía en el debate a situaciones en las que parecía  que en lugar de cuestionar la prostitución como institución de desigualdad, lo que hacíamos era condenar a las prostitutas. Así, la violencia contra ellas era en ocasiones asumida como casi inevitable, producto del ejercicio de la actividad y no tanto del machismo y de la violencia de los clientes. Sólo hacíamos mención de la violencia ejercida contra la libre voluntad cuando ésta voluntad se pronunciaba inequívocamente en el sentido de querer abandonar la prostitución. Finalmente, y como consecuencia de lo anterior,  durante mucho tiempo, para una parte del feminismo, han sido las mujeres casadas o emparejadas en situación de maltrato las que han venido representando el paradigma de la víctima de la violencia patriarcal, casi las únicas víctimas de esta violencia en realidad.

Sólo desde esta perspectiva puede explicarse que la Ley Integral  contra la Violencia de Género (Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género) no incluyera los malos tratos y el asesinato de prostitutas dentro de la denominación de violencia de género, ausencia que resulta palmariamente injusta. Lo cierto es que los malos tratos graves y el asesinato de prostitutas son crímenes relativamente frecuentes entre los feminicidios. No obstante, vemos que en España  no están considerados como tales, no se visibilizan, no se contabilizan siquiera y sospechamos que ni siquiera se investigan con la misma intensidad,  ya que no existe presión social para que sean castigados. Las prostitutas son invisibles y también lo es la violencia cometida contra ellas.

Pero entre 2010 y 2012 fueron asesinadas al menos 20 mujeres que ejercían la prostitución aunque podrían ser más[18]. Muchas de las mujeres que ejercen la prostitución en España son inmigrantes, están en situación ilegal y no conviven con sus familias. Es posible que nadie las eche de menos si desaparecen o que nadie denuncie en su nombre y además, ejercen su actividad de manera semiclandestina o directamente ilegal. Finalmente, la percepción social no es la misma que en el caso de las mujeres asesinadas por violencia de género que pasan a formar parte de una estadística,  que sí salen en los medios, que son tratadas con respeto,  que suelen ser lloradas por sus familias, por sus compañerxs de trabajo, por sus vecinos y cuyos casos, además,  se benefician de muchos años de lucha feminista para cambiar la percepción social respecto a esta violencia.

A la extendida percepción social, policial, judicial e incluso feminista en ocasiones, de que las prostitutas se ponen  así mismas en situación de peligro, contribuye decididamente el trato que los medios de comunicación dan a sus asesinatos. Por una parte, cuando se asesina a una prostituta siempre parece que ésta no tenía a nadie que la quisiera, que no tenía pareja o padres,  ni hijos, ni vecinos ni nadie que dijera una palabra amable sobre ella. Aunque esta situación puede ser la real en algunos casos, las prostitutas tienen familia, vecinos y amigas, por lo que podemos achacar a la desidia de los medios y a la visión estigmatizante tan extendida, el que se la presente siempre antes como prostituta que como víctima de la violencia de género. Mientras que hemos conseguido que los asesinatos cometidos por parejas o exparejas, los llamados feminicidios íntimos, ocupen mucho espacio en los medios y que sean tratados como un asunto político y social, los asesinatos de prostitutas siempre son tratados como un suceso morboso. La mayoría de las veces se trata de crónicas narradas desde el amarillismo que tratan de explotar el morbo del lector ofreciendo detalles que no tienen nada que ver con el asesinato y que, por lo general, contribuyen a cosificar a la víctima. Parece que el estatus de “mujer pública” en el que las sitúa el patriarcado, tiene consecuencias también después de muerta. Las vidas de estas mujeres son expuestas públicamente sin ningún respeto por su intimidad, sus derechos o los de sus familias, y pocas veces se presentará a la mujer asesinada como un ser humano completo cuya vida era mucho más que la actividad que ejercía. Y si en el feminicidio íntimo se ha conseguido que los medios no mencionen como causa del asesinato los celos o el amor (aunque ahora vivimos un retroceso en esta cuestión), en el caso del feminicidio por prostitución se menciona indefectiblemente como causa del asesinato la prostitución que ejercía, como si eso fuese motivo suficiente para convertirla en víctima,  y no el machismo y la violencia de género.

Muy frecuentemente, además, vamos a leer justificaciones tales como que el asesinato se produjo por “desacuerdo en el precio del servicio”, lo que en realidad suele querer decir que el cliente no quiso pagar por el servicio y la mató ante las protestas de ella. No nos hemos esforzado las feministas, del mismo modo que lo hemos hecho en el caso de los feminicidios íntimos, en enseñar a los periodistas y a los directores de medios, que la causa del asesinato no es nunca la actividad de la víctima, sino el machismo del agresor. Finalmente, ante un crimen de estas características, no podemos esperar que salgan los dirigentes políticos haciendo declaraciones.  De alguna manera pareciera que la actividad de la víctima tenía poder para contaminar también su muerte. Este es  un crimen en donde los vectores de género se mezclan de manera compleja pero intensa con factores como la clase, la raza, la etnia. La prostituta no es sólo la Otra por ser mujer, es la Otra por prostituta. En realidad es La Otra de la Otra, de la mujer decente; y además es  también la Otra negra, la Otra inmigrante, la Otra pobre. Todos estos factores de discriminación hacen que el feminicidio por prostitución sea un crimen paradigmático de la misoginia, pero también del clasismo y del racismo. Pocas personas pueden acumular sobre sí tantos factores de discriminación y riesgo para sus propias vidas como las prostitutas pobres.

Los datos recogidos en el informe “Feminicidio por prostitución en España: violencia de género ignorada”[19] además de para contabilizar estos asesinatos invisibles, sirven también para desmontar un mito que funciona de manera muy eficaz y que está muy extendido. El lugar más peligroso para ejercer la prostitución no es la calle, como siempre se ha creído,  lo peligroso, naturalmente, es la misoginia y el nulo valor que los clientes y la sociedad en su conjunto, otorgan a estas mujeres, incluso después de asesinadas. Pero no se asesinan más prostitutas en la calle que en sus propios pisos o en los pisos de los clientes, o incluso que en los frecuentadísimos burdeles. Este dato es importante y relevante para el recurrente debate acerca de la necesidad o no  de regular esta actividad. Habitualmente, las partidarias de la regulación, y los poderes públicos también, sostienen que la calle es más peligrosa que los locales de alterne y desde esa suposición lo que defienden en realidad es la voluntad de sacar a estas mujeres de la calle para obligarlas a ejercer en locales cerrados supuestamente más seguros, más cómodos y más higiénicos para ellas. Ningún dato avala que la calle sea más peligrosa que un local o un piso y, lo más importante, por lo general las que ejercen en la calle prefieren seguir ahí. La supuesta peligrosidad de la calle es un argumento que la gente corriente suele compartir y que, además, coincide con las necesidades políticas respecto al orden público. En la calle se suelen sentir más seguras, pero con el argumento de su seguridad, utilizado de manera torticera, lo más normal es que las únicas políticas públicas existentes respecto a la prostitución sean aquellas que ponen el énfasis en echarlas de la calle para ponerlas a disposición de los proxenetas y para que resulten invisibles. Podemos así asegurar que la supuesta peligrosidad de la calle es la excusa para no desarrollar ninguna política, respecto a la prostitución, que no tenga que ver con el orden público.

“Yo he trabajado en la calle, he trabajado en clubs nocturnos, he experimentado en hoteles de lujo, he trabajado de prostituta por teléfono, he recibido en un apartamento…al final siempre he acabado volviendo a la calla porque pensaba que era lo más libre y al fin y al cabo lo más excitante. Una situación en la que hay mayor posibilidad de elegir a los clientes y en la que incluso se puede rechazar a alguno de ellos, cosa que, en cambio, no es posible cuando se trabaja en un hotel o en un club nocturno” (Carla Corso)[20]

Los asesinos de mujeres, tanto los que comenten feminicidio íntimo como feminicido por prostitución asesinan llevados de un impulso, es decir, no suele haber un plan previo de asesinato planeado durante mucho tiempo,  sino que, por lo general, este se produce como consecuencia de algo que dispara el odio del asesino. En el caso del feminicidio íntimo, el asesinato se produce al final de un continuo de malos tratos de gravedad creciente en los que lo que importa es la sensación de dominio ejercido. En el caso de las prostitutas, el asesinato se produce como consecuencia en muchas ocasiones de una situación dada que viene a cuestionar la masculinidad rígida, y por eso mismo muy frágil, del sujeto. Cualquier cosa puede desencadenar el ataque: que la mujer pretende negarse a una determinada práctica sexual, que le reclame el precio pactado etc. Los asesinos se sienten legitimados llevados por su odio misógino a quienes encarnan personificaciones fantasmáticas negativas de una mujer extremadamente degradada por sus propias  fantasías machistas, racistas, clasistas etc.

El asesinato producto de la violencia de género familiar es casi siempre producto de una determinada dialéctica, desigual desde luego, en la cual el maltratador utiliza los malos tratos para conseguir que su mujer ocupe exactamente la posición que él quiere que ella ocupe, aunque sea una posición imposible que sólo exista en la mente del maltratador. Los malos tratos son, en ese sentido, una herramienta utilizada con un objetivo; un continuo que va creciendo hasta que se llega a un momento en el que él cree que ha perdido la partida. El maltratador familiar pierde la partida cuando ella le deja o él piensa que le va a dejar, en ese momento la mata. En muchas ocasiones él insistirá en su delirio en que la quería, aunque sepamos que lo que quería en realidad era una imagen determinada de su propia masculinidad.  Por el contrario, los asesinatos de prostitutas se producen siempre en medio del odio. La prostituta es la personificación de lo odiado/temido en las mujeres, como sabemos. El cliente busca con el uso de prostitutas una reafirmación personal que la igualdad de género pone en duda; busca la confirmación de la desigualdad, de su superioridad, busca poder sentirse hombre no con mujeres iguales (lo que le hace sentir menos hombre, como han manifestado muchos clientes en las pocas entrevistas que se les han hecho) sino con mujeres previamente degradadas por el estigma prostitucional.  De ahí que cuando su furia se desata resulte especialmente sádica.

El putero no puede admitir no ya la igualdad, inimaginable en una relación de este tipo, sino siquiera la puesta en cuestión de su superioridad y esto la prostituta puede hacerlo sin querer hacerlo incluso. La relación simbólica entre cliente y prostituta (o más bien entre el cliente y la mujer -cosa que ocupa el rol de la prostituta) es compleja como sabemos. Por una parte, se le paga a ella para que se preste, para que haga lo que el cliente quiera hacer, para que le dé a él placer. En ese sentido, queda claro desde el primer momento que ella está ahí por el dinero y no por otra cosa y que gracias a ese dinero, él manda. Sin embargo, al mismo tiempo, en las fantasías de la masculinidad hegemónica (fantasías por eso mismo incoherentes) ellos necesitan sentirse no como receptores de placer, sino como proveedores del mismo. El hombre que “satisface” a una mujer, el que la hace gozar intensamente, es una imagen imprescindible de esa masculinidad. Corso lo expresa de una manera muy gráfica: “su identidad pasa por aquí”[21]  Su identidad pasa por ahí y por eso es tan frágil en ese momento, porque depende de que ella cuente una mentira o sea convincente en su representación y esto supone siempre un peligro. Ellos quieren una mujer-cosa que finja que no es una cosa, sino una mujer que les desea e incluso que les ama. Si ella no es capaz de ocupar ese espacio de fingimiento con suficiente naturalidad, puede que la relación más que satisfacerle le provoque ira. Cuando ellos afirman que las discusiones por el precio del servicio son uno de los motivos más frecuentes que desencadena la violencia que culmina en muchas ocasiones en asesinato [22] sabemos que es un motivo falso.

La cuestión no es que el cliente que contrata a una prostituta no pueda pagar el precio pactado previamente. La cuestión es que no quiere pagar nada porque no es capaz de soportar la idea de precio. Es decir, ella es sucia porque pone precio, él domina porque paga y así puede hacer lo que quiera pero, a la hora de la verdad, el precio le pone frente a un espejo. Ella lo hace por dinero, por tanto ha fingido y entonces quizá él no sea el hombre que quiere ser. Esa contradicción entre la realidad y la imagen de sí mismos que se construyen, no siempre acaba de manera pacífica. En ese sentido, la relación prostitucional está aquejada de una incoherencia interna irresoluble, y de esa incoherencia surge, precisamente, el odio que muchos de los clientes experimentan hacia las prostitutas. De la imposibilidad real de casar dos imágenes contrapuestas que tienen que encajar para construir la sensación subjetiva de la masculinidad; y cuando esto no sucede puede explotar el odio/temor hacia la prostituta.  De hecho Corso habla de que los clientes son como el Dr Jeckyll y Mr Hide[23]. Son hombres normales con vidas normales, pero como clientes son dice Corso,  que no olvidemos es una activista por los derechos de las prostitutas, “lo peor de la humanidad masculina”.

En el sentido antes explicado, ellas sobre todo, no pueden juzgarles. Porque tener poder para juzgar y para hacer que ese juicio cuente es una de las características de una relación más o menos igualitaria. Impedir que se produzca ningún tipo de juicio sobre la virilidad, es decir, sobre la masculinidad tradicional, es una de las razones que Corso ofrece para explicar el uso de la prostitución por parte de muchos hombres. Pagan para que ella no pueda ponerse en posición de juzgarles; ella tiene que ser el recipiente vacío de sus deseos.  Porpora, por ejemplo, una prostituta trans explica:

“Si vas gratis con un hombre, ese no volverá nunca. ¿Y sabes por qué? Porque le gusta pagar. cuando pagan se sienten dueños: se sienten dueños en su cabeza, dueños de tener auténtico poder y de hacer lo que quieren. Sienten que tú eres un objeto de su propiedad (…) ¡El trabajo que cuesta explicarles a esos clientes que eso no es verdad! [24]

Pero ¿qué pasa cuando el cliente no puede aceptar que eso no sea verdad?  Ese es uno de los desencadenantes principales de la violencia contra ellas, que ellas no ocupen el papel asignado por ellos en su imaginación. Así, las mujeres “decentes” y las prostitutas se unen como víctimas de la violencia de aquellos hombres cuya masculinidad depende de que ellas no se salgan ni un milímetro de la posición que a ellos les permite sentirse que dominan la situación. Las parejas son asesinadas por no ser buenas parejas y las prostitutas por no ser la mujer/cosa imaginada.  Ellos, como bien dice Corso, tienen siempre presente las dos figuras femeninas del imaginario masculino: la santa y la puta. Ellos son los que necesitan que haya santas para que haya putas y que haya putas para que haya santas; ellos son los que necesitan de ambas y las temen a ambas y las temen especialmente cuando ni unas son tan santas ni las otras tan putas.

Cuando la prostituta coge las riendas de la situación, cuando pone, por ejemplo, algún tipo de límite o se sale, siquiera mínimamente, y en la cabeza de ellos, de su papel, es cuando puede desatarse su furia. A estas alturas, la principal imposibilidad de la prostitución está más viva que nunca; para los clientes es importante seguir pensando que ellas lo hacen por gusto. En ese sentido resulta curioso acercarse a los estudios antiguos sobre la prostitución y comprobar cómo hasta prácticamente el siglo XIX los investigadores sociales estaban convencidos de que las mujeres que se dedicaban a la prostitución lo hacían por lujuria o por algún fallo de carácter. Las injusticias sociales estaban tan naturalizadas como las desigualdades sexuales y por eso, aunque a finales del XIX algunos pensadores socialistas o anarquistas son capaces de comenzar a entender la prostitución como producto de la desigualdad social, no serán capaces, sin embargo, de entenderla como producto también de la desigualdad sexual hasta la llegada del feminismo [25]. Nunca es sólo la miseria la que empuja a las mujeres a la prostitución, sino que ésta, o cualquier otro motivo que podamos imaginar, necesita necesariamente de un sistema patriarcal que será el que les abra a ellas,  y no a ellos,  esta posibilidad; el que construya un mercado rígidamente sexuado donde ellas entrarán como oferta y ellos siempre como demanda.

Por supuesto que igual que no todos los machistas son violentos, tampoco lo son todos los usuarios de prostitución, ni siquiera la mayoría. Digamos que el asesino de prostitutas ni siquiera puede llegar a un acuerdo pacífico con su propia masculinidad teniendo sexo con una mujer a quien paga precisamente para que certifique que es un hombre verdad. Por eso, el feminicidio por prostitución se caracteriza por tratarse de asesinatos en los que hay mucho odio. No es extraño que sean asesinatos muy violentos, con acuchillamientos múltiples, con torturas o palizas previas… y que exista también un enorme ensañamiento sobre los cadáveres que son, además, muy a  menudo abandonados en basureros o en lugares rodeados de basura. El tratamiento de los cadáveres tiene mucha importancia desde el punto de vista simbólico y muestra un aspecto de la psicología del victimario que no ha tenido bastante con el asesinato, sino que ha buscado, además, maltratar el cadáver. La consideración de que la prostituta es “sucia” es muy común entre ellos y de ahí parece seguirse que merecen estar en un basurero o un cubo de basura.

CONCLUSIÓN

La prostitución es una situación material de desigualdad, pero en ese sentido podría verse subsumida, y quizá aceptada, en un mundo en el que las desigualdades son constantes. Pero la prostitución es, además, uno de los más importantes pilares simbólicos de la desigualdad de género. La prostitución no produce desigualdad de género, la mantiene, la apoya, le da refugio cuando las teorías igualitarias, como el feminismo, la ponen en cuestión. La relación prostituta-cliente se ha convertido en el neoliberalismo en una relación paradigmática, en muchos aspectos, de un tipo de relación vinculada a la masculinidad hegemónica y que el feminismo combate.

Finalmente, la igualdad entre hombres y mujeres no será posible sin darle la vuelta a todo el imaginario cultural y simbólico que supone una determinada construcción de la sexualidad masculina que el feminismo no puede aceptar y que lucha por cambiar. Como ha señalado Nancy Fraser toda lucha por mejorar las condiciones materiales de un colectivo tiene que incorporar una lucha específica por redefinir el espacio simbólico que también determina sus vidas, nuestras vidas, las de todas las mujeres. El poder de las ideas, de las narraciones, de los relatos es tan importante como el poder político o económico. El uso normalizado de la prostitución es un reducto de dominación y de odio misógino que muchas veces concluye en tragedia en todo el mundo.  La violencia contra todas las mujeres debe nombrarse en los códigos penales como feminicidio y este tipo debe incluir el asesinato de cualquier mujer por el hecho de serlo,  a manos de uno o varios hombres.

En definitiva, planteamos que es necesario considerar y contabilizar los feminicidios por prostitución como violencia de género y aplicarles la misma consideración política que se viene dando al feminicidio íntimo. El feminicidio por prostitución es una de las muestras más depuradas y terribles de la violencia de género y como tal debe ser entendido y afrontado. Porque sabemos, con la experiencia acumulada en la lucha feminista contra la violencia de género, que nombrar es conceptualizar,  y que la manera de contabilizar es parte fundamental de cualquier estrategia feminista respecto a la violencia.

 

Notas:

[1] Feminicidio. Categoría que comenzó a utilizar Marcela Lagarde para nombrar los crímenes en razón de género, los crímenes de odio misógino y que ha sido incluido ya en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en su 23ª edición. Si bien en el contexto español una parte del feminismo ha sido renuente a su uso, éste se encuentra cada vez más extendido.

[2] Femicide es un término acuñado por las activistas estadounidenses Diane Rissel y Jill Radford (1992) para aplicarlo a la violencia sexual contra las mujeres comparable a los asesinatos “en serie” cometidos contra los hombres.

[3] El 6 y 7 Noviembre de 2001 se encontraron (por casualidad) los cuerpos de 8 mujeres en un viejo campo algodonero abandonado de Ciudad Juárez. Tiradas y abandonadas a la intemperie, las mujeres, jóvenes y adolescentes, fueron torturadas sexualmente. Campo Algodonero es el nombre por el que se conoce al caso de feminicidio en Ciudad Juarez que provocó que en diciembre del 2009 la Corte Internacional de Derechos Humanos condenara a México por haber violado los derechos de las víctimas en este caso.  http://www.cladem.org/programas/litigio/litigios-internacionales/12-litigios-internacionales-oea/22-caso-campo-algodonero-mexico-femicidio-feminicidio

[4] http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-139835-2010-02-08.html

[5] Entrevista a Rita Segato: http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-139835-2010-02-08.html

[6] Valencia, Sayak. Capitalismo gore. Melusina, 2010

[7] Valencia. S.  (p. 173)

[8] Entrevista a Rita Segato: http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-139835-2010-02-08.html

[9] Silvia Federici explica perfectamente la relación entre la matanza de las brujas y el nacimiento del capitalismo en Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes de Sueños, 2014

[10] Esta cita se encuentra en Osborne, Raquel. Apuntes sobre Violencia de Género. Bellaterra, 2009.

[11] En los años 60 y 70 del pasado siglo la incorporación de las mujeres al mercado sexual en libertad e igualdad, hizo predecir a los sexólogos que la prostitución estaba en trance de desaparecer. Y, efectivamente, eso parecía estar ocurriendo en los años 70, cuando se aprecia un declive muy importante en su uso. Sin embargo, a comienzos de los 80, no sólo se recupera su uso anterior, sino que se dispara hacia arriba contra todo pronóstico. La razón es que a partir de ese momento, los hombres ya no buscan sexo, que podrían tener gratis, sino otro tipo de compensación de género; plusvalía de género. Bullough, V y Bullough, B. Women and Prostitution: A Social History. Prometheus Books, 1987

[12] Este concepto relacionado con la prostitución lo desarrollo en el capítulo 6 de mi libro La prostitución y lo traigo aquí casi directamente.

[13] Pasó en la Ilustración con la creación del útero omnipresente. En el XIX con la ciencia sexual y el psicoanálisis, además del refuerzo de la histerización. Y la respuesta al feminismo de los 60 y 70 es la conversión de la prostitución en una mega industria mundial que naturaliza, fomenta y asegura este consumo de mujeres.

[14] Las pocas encuestas que se han hecho de los clientes demuestran que aunque es difícil encontrar una característica que compartan los millones de hombres que acuden a la prostitución, hay una que se repite con mucha frecuencia: son machistas. No todos son violentos, no todos son misóginos, no todos son violadores o pederastas pero casi todos son machistas y tienen una idea esencializada de la sexualidad masculina como potencia incontrolable. Casi todos entienden la sexualidad masculina y femenina como antagónicas y casi todos son refractarios a la igualdad de género. http://www.eldiario.es/andalucia/consumen-prostitucion-proclamar-masculinidad-tradicional_0_320568118.html

[15] Esa percepción ha cambiado en los últimos años.  Mi propio libro, el artículo de Ana de Miguel titulado “La prostitución, escuela de desigualdad”, y otros muchos trabajos que están realizando algunas investigadoras jóvenes, se alejan definitivamente del eterno debate sobre el consentimiento para centrarse en la cuestión de la desigualdad estructural y, sobre todo,  en el análisis de la demanda desde un punto de vista feminista.

[16] http://www.eldiario.es/zonacritica/hacer-prostitucion_6_312228831.html

[17] Fraser, N. Justice Interruptus. Critical Reflections on the Postsocialist condition. Routledge, 1997

[18] Según los datos recogidos en Geofeminicidio: http://www.feminicidio.net/articulo/gu%C3%ADa-r%C3%A1pida-para-navegar-en-geofeminicidiocom

[19] http://www.feminicidio.net

[20] Corso, Carla, “Desde dentro: los clientes vistos por una prostituta” en Osborne, Raquel Trabajador@s del sexo. Derechos, migraciones y tráfico en el siglo XXI. Barcelona. Bellaterra, 2004

[21] Op. Cit. P. 127

[22] Geofeminicidio

[23] Op. Cit. P. 122

[24] Corso en Osborne. (p. 124)

[25] En el capítulo 3 de mi libro La prostitución dedico unas páginas a tratar esta cuestión de la ceguera masculina respecto a la situación real de las prostitutas en el siglo XIX.

 

Bibliografía.

Gimeno, B (2012) La prostitución. Bellaterra, Barcelona

De Miguel, Ana. “La prostitución de mujeres: una escuela de desigualdad”: http://www.celem.org/pdfs/prostitucion%20mujeres%20escuela%20desigualdad%20humana.pdf

S.A. ANDERSON, “Sexual Autonomy: Making Sense of the Prohibition of Prostitution”,  Ethics , 112 (4), 2002, pp. 748-780

MARINO, “The Ethics of Sexual Objectification: Autonomy and Consent”, Inquiry , 51(4), 2008, pp. 345-36

OSBORNE (ed.), Trabajador@s del sexo. Derechos, migraciones y tráfico en el siglo XXI , Bellaterra, Barcelona, 2004

Hernández Oliver, B.(2007)  “La prostitución a debate en España” Documentación Social: revista de Estudios sociales y de sociología aplicada. Ene-mar,  nº 144

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .