El feto como logo posmoderno


El domingo por la mañana puse la televisión, La 2, “la de todos”, ¿recuerdan? Y me encontré con un programa antiaborto. Un programa que el Gobierno regala a la iglesia católica por la cara, en la tele pública para que durante un buen rato un cura nos diga que la iglesia está discriminada. Bueno, a lo que vamos, la presentadora despidió el programa enseñando a la cámara ese fetillo de plástico que es como el logo del movimiento antiaborto. Ya habíamos visto a ese fetillo en las calles el día de la manifestación y desde entonces aparece por todas partes. Yo tuve en mis manos uno que me entregó una chica muy pía y muy limpia a la salida de misa (salía ella, no yo; yo pasaba por allí). Lo tiré al suelo muy furiosa y ahora me arrepiento de no haberlo guardado porque el fetillo de plástico es todo un icono de la postmodernidad. Es un éxito, un milagro podríamos decir, del merchandising.

Hace un par de semanas en el programa La Noria, la antiabortista y gran teórica Isabel Sebastián mostraba ese mismo fetillo a sus oponentes de la misma manera que se mostraría un diente de ajo frente a un vampiro, mientras gritaba:  “¡esto es un feto de dos meses!”. De haber estado yo allí sentada, (ya me hubiera gustado), le hubiera dicho: “No, eso no es un feto de dos meses, es un muñeco de plástico”. No estoy afirmando una boutade, sino precisamente haciendo notar lo fundamental de este asunto, porque si ese muñeco fuera un feto lo que estaríamos viendo en realidad sería a una mujer;  a una mujer real y con voz, con opiniones y derechos, un ser humanos con sus dolores, con sus preocupaciones y sus necesidades. Un ser humano capaz de tomar decisiones, un ser humano con historia, con su propia historia. El embrión no existe sin nosotras, aunque a nosotras se nos haya hecho desaparecer.

La teórica estadounidense Petchesky ha escrito mucho de la imagen de ese feto que han inventado los antiabortistas y que aparece siempre aislado de la mujer que lo porta, y lo ha definido como una de las campañas mejor diseñadas de la historia; el feto como marca, como icono de la cultura popular, como un fetiche de la postmodernidad. Esa imagen exitosa ha conseguido plenamente su propósito: suplantar a la mujer, invisibilizarla, borrarla. El feto nunca aparece en donde verdaderamente está, en el vientre de una mujer. Una mujer que tiene rostro, que tiene una vida, una historia, que tiene algo que decir, y quizá algo que contar acerca de cómo ha llegado a estar embarazada. Una mujer que puede llegar a decir lo que no quieren permitirle que diga: “mi vida es mía”, “mi cuerpo es mío”.

El feto se impone sobre la embarazada, de alguna manera la posee y la domina. Ella le porta a él de manera pasiva y él es el que tiene que nacer a costa de lo que sea. El feto nos ha suplantado y se ha instaurado una especie de fetocentrismo fuera del útero. La embarazada es sólo un espacio vacío que se llena de algo que casi se presenta como ajeno y que la domina, y que se impone a su vida. Se ha roto la frontera entre embrión y bebé. Un embrión se presenta siempre como un bebé indefenso y solo, mientras que la mujer ya no es nada, ni se la ve, ni se la escucha, ni existe.  En realidad es una incubadora que no tiene nada que decir sobre su propia vida, sobre su cuerpo, sobre lo que ocurre en su cuerpo. Haber dejado que el fetillo nos haga desaparecer ha sido un éxito que se han apuntado los que quieren controlar nuestras vidas para que sean menos nuestras y más de ese orden que quieren (re)instaurar.  No podemos dejar que ese fetillo de plástico nos borre, así sin más.

Publicado en El Plural

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