Derecho al aborto


El derecho al aborto me parece el derecho más importante de las mujeres en tanto que es la piedra sobre la que pivotan todos los demás derechos. Es, nada menos, que el derecho a ser dueñas de nosotras mismas, de nuestros cuerpos, de nuestra capacidad reproductiva, de nuestra sexualidad. No es exagerado decir que el derecho al propio cuerpo es la base de nuestra ciudadanía, la capacidad de decidir sobre nosotras mismas, sin que el estado, la iglesia, los hombres, puedan interferir en lo que queremos hacer con nuestras vidas.

He vuelto de Sudamérica convencida de que las mujeres son allí ciudadanas de segunda clase puesto que su derecho a la vida está en función de un supuesto derecho a la vida de una célula, de un embrión. Allí, un embrión puede matar a una mujer legalmente, así de simple. Cuando una mujer está embarazada, su derecho a la vida queda en suspenso y en función del embrión que lleva dentro. En el momento en que queda embarazada, deja de ser un ser humano, una ciudadana, para convertirse en una incubadora dependiente del embrión, que tiene derecho a matarla. Y van de mal en peor.

En Costa Rica se acaba de aprobar una constitución que declara que el embarazo ha de llevarse a término aunque a la mujer le cueste la vida. Y leyes así ya existen en Chile o Nicaragua. Allí se leen frecuentemente casos de mujeres embarazadas con cáncer o enfermedades graves a las que ningún médico se atreve a tratar hasta que dan a luz y entonces ya es demasiado tarde para ellas. Es de una brutalidad sorprendente.

El derecho a la vida del embrión, derecho que jamás, en ninguna cultura humana, en ningún momento histórico, ha sido absoluto ni comprable al de la mujer gestante (la Iglesia no consideró pecado grave el aborto hasta el siglo XIX), se ha convertido ahora en la manera más eficaz que ha encontrado la extrema derecha de oponerse a la “perversa ideología del género”, tal como la iglesia ha denominado a la ideología que sostiene que hombres y mujeres somos iguales.

Y así, quien no se ocupa de la vida de los niños y niñas en países en los que mueren de hambre por cientos de miles, de enfermedades, en los que no tienen educación, ni sanidad ni nada, se permiten tronar por la vida de los no nacidos que es, en realidad, la manera que han encontrado de oponerse a los derechos de las mujeres, que de eso se trata. Esta es una lucha global y fundamental para las mujeres.

En Lima he asistido a los intentos de despenalizar el aborto en caso de violación o de malformaciones del feto incompatibles con la vida y el nivel de virulencia de las iglesias o de los políticos en contra de las mujeres me ha resultado insoportable. Los argumentos que he escuchado de los políticos a favor de que el aborto fuera despenalizado en casos extremos eran tan terribles como aquellos de los que se oponían. El argumento que más se escuchaba era aquel que sostenía que permitir el aborto en casos graves es bueno  porque “permite a la mujer seguir teniendo más hijos”. Eso es lo que son las mujeres de allí para sus políticos: úteros.

La postura de las iglesias es criminal; pero qué se puede esperar de una  Iglesia Católica comandada en Perú por el cardenal Cipriani, que clama por la “defensa de la vida”, esto es del embrión, en cualquier caso, por encima de todo, de la mujer, por supuesto, al mismo tiempo que declara que eso de los derechos humanos es una “cojudez”. La Iglesia Católica en América Latina ha pasado de ser en los años 70 y 80 la iglesia de los pobres (de la liberación de los pobres) a ser la de los pobres en su sentido más literal (la de la opresión de los pobres). Según una encuesta publicada en estos días, el 70 por ciento de los ricos está a favor del aborto en Perú en casos extremos, mientras que el 70 por ciento de los pobres está en contra. Pero las que mueren a causa del aborto son siempre las pobres, por supuesto. No cabe mayor nivel de alienación.

Juan Pablo II acabó con la teología de la liberación que fue sustituida por una iglesia agresiva en la defensa de los poderosos y en sus esfuerzos por alienar a los pobres, especialmente a las mujeres pobres. Lo que hay ahora es un continente empobrecido y explotado, con niveles de injusticia social terroríficos y cuyas masas pauperizadas se han refugiado en las religiones. Pero ya no sólo en la Iglesia Católica, cuyo lenguaje oscuro y rituales complicados no sienten cercanos los más pobres, que han optado por refugiarse en sectas evangélicas más cercanas, por sus rituales teatralizados y su lenguaje popular, a su sensibilidad. Y aun más fanatizadas que la Iglesia Católica, que ya es decir. Estas sectas evangélicas están pagadas y mantenidas por la extrema derecha norteamericana que ha encontrado en la pobreza y la incultura extremas el campo de cultivo ideal para poder seguir explotando a las personas hasta niveles insoportables sin que entre ellas cale ningún discurso de liberación. La Iglesia Católica de allí lucha con las iglesias evangélicas a ver quien es más fanático, más misógino, más irracional.

Así están las cosas y, mientras,  la izquierda del continente ha desertado de la defensa de los derechos de las mujeres. El presidente supuestamente izquierdista uruguayo Tabaré Vázquez que ahora se retira en lo más alto de su popularidad utilizó sus prerrogativas presidenciales para vetar una propuesta del parlamento sobre el aborto. Nadie se atreve a hablar del aborto como derecho fundamental de las mujeres. Nadie, tampoco las feministas, que han moderado sus discursos hasta límites que hacen difícil siquiera simpatizar con ellas. Hay mujeres diputadas, ministras o presidentas y estoy segura de que están a favor del aborto, como Bachelet, pero las políticas favorables a las mujeres no son entendidas como políticas necesarias para la población ni como políticas de izquierdas. En toda América Latina se está retrocediendo.

Por eso es muy importante que donde podamos ampliemos lo más posible los márgenes de libertad y de derechos. Por eso es muy importante que el Partido Socialista en España escuche las peticiones de la izquierda parlamentaria de ampliar a 22 semanas el plazo de libre decisión de las mujeres respecto al aborto. Porque las 14 que nos ofrecen nos convierte, en realidad,  en uno de los países de nuestro entorno con una ley más restrictiva, en contra de lo que se nos prometió a las mujeres.

Uno de los problemas del feminismo es que nos encontramos con multitud de mujeres que han alcanzado posiciones de poder y que han decidido poner los intereses de su partido (es decir, los suyos propios) por encima de los intereses generales de las mujeres. ¿No hay una sola feminista militante en un partido o con poder que esté dispuesta a arriesgar su carrera política en la defensa de los intereses de la mitad de la raza humana (la mitad a la que ella misma pertenece)? Si las mujeres no somos dueñas de nuestro cuerpo, si no se nos reconoce autonomía y agencia moral para gestionar nuestros cuerpos y nuestra capacidad reproductiva, así como nuestra libertad sexual, no hay liberación que valga. No es posible un proyecto de izquierdas que obvie nuestros derechos, y así nos va.

Publicado en: www.elciudadano.cl

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