Diferencia y discapacidad


Como han hecho notar muchos investigadores la homosexualidad y la discapacidad, especialmente la sordera, tienen muchas cosas en común. Comparten una historia de persecución. A las personas que nacían con una discapacidad se las convertía en culpables; en muchas culturas, la discapacidad  era considerada signo de pecado, pecado de los padres, de uno mismo, pecado en esta vida o en otra anterior; signo, en todo caso, de algo oscuro y pernicioso. No han sido pocos los que lo han pagado con su vida su diferencia. Después, la discapacidad fue considerada una enfermedad, al igual que la homosexualidad. Las personas con discapacidad fueron internadas en hospitales y asilos de por vida. Pero mientras que los homosexuales conseguimos organizarnos y dar  cauce político a nuestra reivindicación fundamental a la igualdad, las personas con discapacidad estamos lejos de poder hacer lo mismo con nuestra diversidad funcional. Porque los prejuicios que se asocian a la discapacidad están más vivos que nunca. El principal prejuicio es el que asocia la discapacidad a enfermedad con lo que aquella se convierte  en  algo de lo que apiadarse, no en una circunstancia personal con la que solidarizarse. Pero la discapacidad no es una enfermedad sino, en la mayoría de los casos, una circunstancia personal como muchas otras. ¿Quién mide lo que es normal? ¿A partir de que estándares se considera que una persona es normal y otra no? Si decimos que la lucha de los homosexuales hubiera sido igual aunque fuéramos un 2% de la población lo mismo deberíamos pensar de las personas que miden 1.30 o de aquellas personas que van en sillas de ruedas, o de las personas sordas. La diversidad humana es infinita y cualquier idea de normalidad es excluyente. La interpretación de la diversidad funcional como minusvalía, discapacidad después, enfermedad siempre, provoca miedo y lástima y hace hincapié en la intervención médica, no en la social. Pero la discapacidad, como la sexualidad,  es una construcción social;  en sí es un rasgo físico como otros; son las desventajas y la exclusión social  lo que la construye. Esta sociedad emplea mucho dinero intentado evitar que nadie nazca diferente, asumiendo que serán muy desgraciados, pero en cambio no se emplea apenas nada en cambiar el modelo social imperante para acabar con las discriminaciones que dicha condición genera. Es la sociedad la que discapacita a las personas y son los prejuicios personales (los mismos que producen el racismo o la homofobia) e institucionales  los que crean la discriminación; no hay discapacidades, sino ambientes discapacitantes. Las vidas de las personas discapacitadas no son menos valiosas ni necesariamente trágicas. Yo nunca he querido ser diferente a la que soy, pero siempre he querido cambiar una sociedad que me excluye. Podemos y debemos politizar nuestra diferencia. El enfoque correcto es el que pretende hacer de la diversidad física, auditiva o intelectual un dato de identidad más, ni mejor ni peor que otros. Ser diferente no es nunca problemático, lo problemático es la discriminación intolerable que padecemos.

El faro del Silencio.
Revista de la CNSE. Septiembre 2005

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4 comentarios

  1. En el libro “Las fronteras de la justicia” Martha C. Nussbaum, aborda la cuestión de la discapacidad desde la perspectiva de la justicia social.

    Mira, si quieres, el apartado 1.2 a. del siguiente artículo:

    http://www.saga.unal.edu.co/etexts/PDF/Ponencias2010/NathalyGuzman.pdf

  2. Conozco de cerca el mundo de los discapacitados psíquicos por tener un familiar cercano con estas circunstancias. Puedo decir que el problema es cuestión de grado: así como hay personas con una discapacidad leve, que son capaces analizar la realidad, trabajar, desplazarse, cuidar de sí mismos, vivir solos, etc., tambien hay personas con una discapacidad severa, con dificultades motrices, grandes dificultades para comunicarse e incapaces de cuidar de sí mismos. En medio, una amplia gama de niveles…

    Es un tema en el que no se puede establecer una dualidad tipo “es blanco o negro”, porque en la realidad se da un amplio abanico de casos diferentes.

    1. En mi opinión, no es cuestión de grado porque los grados son vestigios de la visión médico-rehabilitadora de la diversidad funcional y porque, si lo fuera, entonces también habría que diferenciar -en cuestión de derechos- entre los hombres y mujeres con formación académica y quienes no la tienen, y permitirles el voto sólo a los primeros. Los DD.HH. tienen que ver con la condición humana del individuo, no con los grados de sus características.

  3. Hola, Beatriz. No te conocía a ti ni conocía tus ideas ni tus escritos. Me topé contigo en el blog de Echenique y Gay en El Diario.es, te he googleado y me ha entusiasmado leer en ti lo que dices en este artículo “Diferencia y discapacidad”. Sólo quería decirte eso. Bueno, eso y que, como persona con diversidad funcional que comparte la filosofía del MVI (Movimiento de Vida Independiente), que supongo conoces, y tras haber debatido en el blog de los retrones sobre las residencias, a las que según Raúl -y, en menor medida, también Pablo- están destinadas por narices algunas personas con diversidad funcional, no todas, porque las hay que pueden trabajar, no tienen defectos en el lenguaje, ni tienen enfermedades neuronales, ni tienen problemas de continencia (sic)…; tras haber debatido sobre las residencias -decía- y haber suscitado reacciones sui generis, en cuyo nacimiento una tiene algo que ver también, seguro, resultas una bocanada de aire fresco. Y quería decírtelo, para darte las gracias por serlo.

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